Es comprensible que, de las reformas introducidas en Cuba, la que más llame la atención sea la que permite la posesión de teléfonos móviles. Es un objeto que nos resulta familiar y que representa, como en otros tiempos el automóvil, la idea de propiedad privada. Y tampoco es una reforma nimia. Se nos dijo que daba igual porque los cubanos no se lo podrían permitir. Pero en diez días se vendieron casi 8.000 terminales y Etcesa, la empresa de comunicaciones, prevé un millón y medio de ventas en cinco años. En Cuba nunca hay que subestimar el tamaño de la economía sumergida.
Pero mucho más importante, en la práctica, son las reformas emprendidas en la agricultura. Fidel ya había permitido un pequeño sector privado que, con todo, produce la mitad de la comida de los cubanos. Raúl ha decidido convertirlo en el campo de pruebas de una liberalización limitada. Las reformas, que han pasado más o menos desapercibidas, han aumentado la tierra privatizada (en su uso, no en su propiedad), incrementado lo que el Estado paga a los agricultores y abolido la burocracia que lastraba la producción. El modelo es, curiosamente, el Ejército, en el que los hombres de Raúl (sobre todo el general Regueiro) introdujeron ya hace tiempo el concepto de «perfeccionamiento empresarial», con oficiales graduados en escuelas de negocios extranjeras.
El peligro del culto al dinero
El objetivo no es tanto la liberalización en sí como la eficiencia, con lo que estaríamos aún en el esquema del socialismo; pero, según la propia teoría marxista, es imposible que esto no se refleje a la larga en reformas políticas. En este sentido, es sintomático que el «Camarada Fidel» (así firma ahora sus artículos en Granma ) advirtiese hace poco de los peligros del «culto al dinero».
¿Y qué hay de esas reformas políticas? De momento, algunos gestos; pocos, pero relativamente importantes. Cuba ha firmado el Convenio de las Naciones Unidas sobre Derechos Civiles y Políticos y ha anunciado que suspende todas las sentencias de muerte. Claramente, habrá que esperar al congreso del Partido que ha convocado Raúl para el año próximo, el primero en una década, para ver si hay cambios o no. Sobre todo porque para entonces es muy posible que la Casa Blanca esté ocupada por un Barack Obama dispuesto a dialogar con La Habana. El futuro de los cubanos depende de ambos Gobiernos.