Con la guerra de cifras de fondo, los sindicatos franceses consideran un éxito la jornada de huelga celebrada ayer en el sector público y el transporte para protestar por la reforma del sistema de pensiones, aunque no consiguieron paralizar el país. Las repercusiones de la movilización se hicieron notar sobre todo en provincias.
La aplicación de los servicios mínimos redujo las perturbaciones en el transporte urbano, que en París funcionó casi con normalidad. No ocurrió lo mismo en Lyon y Estrasburgo. En Marsella solo circularon un tercio de los autobuses y su aeropuerto fue el más afectado por retrasos y cancelaciones, por el paro de controladores y personal de Air France. Los controladores trabajaron con normalidad, en cambio, en los dos grandes aeropuertos de la capital.
La protesta, que apoyan seis de cada diez franceses, tiene en su punto de mira la conocida como ley Fillon, aunque fue inspirada personalmente por Nicolas Sarkozy: el aumento de 40 a 41 años del período de cotización a la Seguridad Social para tener derecho a la integridad de la pensión. El primer ministro, François Fillon, ha dejado claro que no dará marcha atrás en una reforma que considera «inevitable».
Los sindicatos cuantifican en 700.000 los manifestantes en 153 ciudades francesas. La Dirección General de la Policía rebaja esa cifra a 300.000 personas. En París, la participación oscila entre 28.000 y 70.000 personas, según las fuentes que sean consultadas.
Las centrales mayoritarias desfilaron unidas tras una gran pancarta con el lema «No toques mi pensión». Asalariados del sector privado, estudiantes, una parte importante de jubilados y miles de parados se sumaron al cortejo, que recorrió sin incidentes desde Bastilla a San Agustín.
El Gobierno se da por satisfecho con el buen funcionamiento de los servicios mínimos, que «han evitado la paralización del país», según el ministro de Trabajo, Xavier Bertrand.
La presidenta de la patronal, Laurence Parisot, ha propuesto como alternativa retrasar la edad de jubilación de los actuales 60 años a los sesenta y tres y medio, a su juicio «el único guión» capaz de resolver los problemas de financiación.