La Habana recibe con distancia el nombramiento de Raúl Castro
25 feb 2008 . Actualizado a las 02:00 h.A los habitantes de La Habana que cambie el nombre y el apellido permanezca no les parece una sucesión, les parece una consecuencia. La noticia del cambio en la cabeza del Estado cubano fue recibida con la misma distancia con que se recibió el anuncio del descanso de Fidel. Es una distancia alejada de las multitudes que en otro tiempo protagonizaban las manifestaciones del régimen.
La calle del Obispo es fresca por las mañanas. Es lo más parecido en la capital cubana al paseo de Ourense o a Príncipe en Vigo, o a la coruñesa calle Real; se dejan ver comercios con ropa de marcas, una óptica, tiendas de regalo. Se ven más turistas que cubanos y lugareños que no miran para los escaparates, miran a los turistas.
Después del mediodía y de la noticia efectiva del cambio, las calles no alteraron su aspecto salvo por el hecho de que en las dos últimas jornadas el calor ha sido inusual para febrero y se buscan con más ganas las zonas en sombra.
Los cubanos no hablan de las zonas en sombra de su Gobierno. Esa es una conversación que, en las calles, corresponde a los visitantes. El hombre parado delante de una librería de la calle Obispo lleva un camisa azul clarísima como de trabajar para los turistas. Explica que en el centro de la calle hay una tienda muy buena para comprar ron. Al cambiar de conversación explica que no hay frialdad en la respuesta de los cubanos ante la situación de cambio: «Es solo madurez». Explica con el mismo tono con el que hablaba del ron que «pocas naciones pueden estar tan tranquilas en situación de cambio».
Enclave occidental
A cinco kilómetros de la calle Obispo hay otro enclave de la occidentalización en Cuba. La torre Foxa tiene treinta y tres pisos de altura y fue construida cinco años después del triunfo de la Revolución castrista. Los dos últimos pisos son ahora un restaurante con las mejores vistas del Caribe. Enfrente está el Hotel Nacional, fundado por Lucky Luciano y a un lado, la oficina de intereses norteamericanos en Cuba a la que no le dejan ni medio metro de respiro. En la altura hay algunos españoles alternando con los italianos y los cubanos más selectos. De los tres grupos, son los españoles los que se sienten más favorables a hablar del asunto. Entre los españoles, Raúl Castro no goza de buena prensa porque lleva demasiados años haciendo de poli malo en el binomio del poder entre hermanos.
En la planta baja del edificio vuelve la Cuba normal. La que no trabaja por pesos convertibles. La noticia de que ya hay nuevo jefe no despierta grandes aspavientos entre los paseantes. Uno de ellos, reposando sobre una bicicleta sin frenos, pregunta si «¿ha salido Raúl?» y por un momento invade la teoría del fútbol. Cuando le aseguran dos veces que sí, que el hermano es el heredero, dice lo que diría cualquiera: «Se esperaba». En la noche anterior, en la misma zona del Malecón había un botellón de los chavales y cantaban canciones de Silvio a la guitarra. No se decían inquietos por el asunto sucesorio porque todavía les quedaban dos botellas enteras de cola.
En cuanto te acercas al paseo del Prado, la ciudad se hace más presente y como los soportales del lado habitado del Malecón están casi todos en obras quienes pasean por él lo hacen orillados. Entre la gente que pasa y habla hay dos sensaciones con respecto al segundo Castro, la primera tiene que ver con toda esa imagen como jefe del lado oscuro cubano. La otra tiene que ver lo inevitable ahora y el ya se verá en el futuro.