Hay cosas que ni un buen corte de pelo puede arreglar. Convencer a un electorado de tu compromiso con los pobres tras admitir que tu peluquero cobra 400 dólares la hora es una de ellas. Es cuestión de imagen, no importa lo que haya enfrente del espejo sino el reflejo que les llegué a los votantes. Lo sabe bien John Edwards. Cuando el pasado miércoles el candidato demócrata anunciaba su retirada de la carrera presidencial en la devastada ciudad de Nueva Orleans, pocos vieron en él a un político sacrificado por la lucha de la clases. Muy al contrario su look de hombre blanco privilegiado, su casa de 800 metros cuadrados y su gusto por la buena vida eclipsaban para siempre a este político de raza, único en su especie por su cuna humilde.
Nacido en el seno de una familia trabajadora, su padre era molinero y su madre trabajaba como oficinista, Edwards fue el primero en su estirpe en recibir una educación superior. Tras triunfar como abogado de causas perdidas, una época en la que se enfrentó a grandes multinacionales, la muerte de su hijo menor en un accidente de coche le hizo precipitarse al servicio público. Fue primero senador, después candidato a vicepresidente y más tarde pesadilla de Hillary y Obama, por su empeño en robarles los votos sindicales. Un apoyo basado en un programa cargado de medidas proteccionistas, entre las que destacaban el aumento de impuestos entre los más ricos o un fondo especial para combatir la marginalidad. Pero el voto entra por los ojos y no por los oídos. Tras ser derrotado en todas las primarias y sin fondos suficientes para afrontar el famoso supermartes, donde 22 estados acudirán a votar, Edwards se retiró de la campaña «para dar paso a la historia». Una historia que no recordará su discurso en vaqueros pero sí su lacia melena, con la raya al lado, perfectamente peinada.