Una vez más, queridos lectores, qué les puedo decir que no sepan ya. Las cosas están como están, y no sabemos muy bien si nos cogemos el puente o vivimos debajo de él. Unos y otros, un servidor el primero, está totalmente confundido. Cierto es que la situación actual no invita al optimismo, pero no por ello debemos hundirnos. Hay que aplicarse la teoría del corcho, que, por mucha basura que le rodee, siempre flota. Después del 7-0 en casa, viajamos a Madrid y nos dan para el pelo. Y son los contrarios lo que nos meten siete. Hoy habrá otro encuentro para el rezo, las súplicas y esperar que la diosa fortuna nos sonría. La situación económica es más o menos saneada, los pagos están más o menos al día, pero cierto es que más de uno está reclamando cuentas pasadas. Y como decía mi madre, que en paz descanse, no se puede estirar más el pie de lo que cubre la manta. Esperemos que cuando llegue el final de la temporada, no estemos mirando más para Plata que para Honor. Este es el único equipo de la ciudad con la vitola de navegar en la élite. Los que toman decisiones deberán sopesar si quieren fumarse un habano de alta alcurnia o debemos conformarnos con una faria de A Coruña o de Gijón.
Hoy nos reencontramos con un rival directo, aunque todos lo son ya. Porque no estamos para echar cohetes. Como en la economía, todos deben arrimar el hombro. Ahora bien, obras son amores y no buenas razones. El proyecto, ahora que el año toca a su fin, se tambalea y sólo nos queda seguir soñando para que en junio las cosas sean distintas. Y si no lo son, que no lo sé, todos estaremos con el equipo en lo bueno y en lo malo. Esto es como el amor. Aunque bien es cierto que cuando se acaba el amor sólo queda el dinero.