Vendedores de pan o de quesos de San Simón da Costa van a muchos mercados
23 oct 2009 . Actualizado a las 13:00 h.Emigrantes con billete de vuelta, feriantes o comerciales. Varios son los nombres que pueden recibir. Ellos, sin embargo, prefieren decir que son, simplemente, gallegos con un negocio a las afueras. Pero lo que ellos denominan afueras no es lo que se conoce como las zonas periféricas a las grandes ciudades, ni siquiera las que bordean los límites de las cuatro provincias gallegas.
Su negocio está muy lejos de tierras gallegas. Cuando Galicia comienza a recibir flujos de inmigración provenientes de países como Argentina o Cuba, ellos siguen haciendo las maletas para buscarse la vida fuera de su región. Igual que lo hicieron antaño otros emigrantes gallegos.
Las maletas, en este caso, van cargadas con unas pocas prendas y algún que otro recuerdo de la tierra. La labor de estos gallegos es la de vender los productos más típicos de esta región por los distintos puntos de la geografía española. La semana la pasan en sus pueblos o ciudades. Sin embargo, cuando se aproxima el fin de semana meten unas cuantas cosas en su equipaje, preparan la furgoneta y, a primera hora del viernes, pasan por la empresa para la que trabajan para completar su plan de viaje.
En septiembre dos de estos gallegos acudieron al mercado medieval de Getxo (Vizcaya). Una feria con todo tipo de productos artesanales donde la mezcla de culturas hace que el turista pueda dar la bienvenida al día desayunando unas crepes con chocolate, comer lo conocido en Euskadi como talo (torta de trigo con chistorra), y cenar queso de Mahón acompañado de dátiles o plátanos de Canarias.
Es precisamente la labor de gente como Víctor Rey o Manuel Fernández la que hace que, en este tipo de mercados los visitantes puedan, asimismo, degustar empanada gallega o queso de la Denominación de Orixe Protexida (DOP) San Simón da Costa, ya reconocida oficialmente por la Unión Europea, a casi 600 kilómetros de Galicia.
?Labor dura
Víctor Rey trabaja para una quesería de Vilalba en la que se hace el famoso queso de San Simón. Su labor, según indica, es muy dura. Los viernes, antes de que salga el sol tiene que acercarse hasta la empresa para recoger los quesos. Los carga en un camión de frío y comienza su ruta. Así, todos los viernes de otoño e invierno. Sin embargo, en la época estival la cosa se complica.
Durante los meses más fríos recorre la zona norte de España acudiendo a mercadillos, pero, en verano, la concentración de turismo en Levante y Andalucía le hace recorrer más kilómetros para llegar hasta ciudades como Valencia, Murcia o Sevilla. Esto implica tener que salir de casa con dos o tres días de antelación.
Montaje tras el viaje
Después de recorrer 100, 500 o 1.000 kilómetros a Víctor aún le queda montar el puesto. A veces ya es noche cerrada cuando acaba su labor; sin embargo, todo tiene que estar preparado antes de que lleguen los primeros clientes. Mantas rojas, el cartel de la quesería y bandejas para que los visitantes prueben el queso adornan su puesto. A la mañana siguiente, su tradicional atuendo medieval le servirá para convertirse en parte de la fiesta.
Para Manuel Fernández, en cambio, la labor resulta más complicada si cabe. Este coruñés de 46 años recorre, como Víctor, la mayor parte de los mercados medievales que se celebran en los distintos pueblos de España. Entre su equipaje, y esto es lo que dificulta el trabajo, se encuentra un horno.
En su puesto, un cartel que dice Panadería Gallega sirve de reclamo para atraer a los turistas: gente que por precios de entre tres y cinco euros puede hacerse con un pan de trigo o uno de centeno elaborado al momento.
La masa, en Montirón
La masa la compra en una panificadora situada en el barrio lucense de Montirón. Para el viaje la mete en un camión de frío y, una vez alcanzado el destino, le da un último golpe de horno. Durante los días de mercado dice que es, precisamente, este aparato el que le sirve para atraer a más visitantes. «En cuanto la gente huele el pan caliente se acerca a todo correr. Casi todo el que se saca se vende al instante», dice este vendedor de productos gallegos. Pero, en el caso de estos dos gallegos, conocer mundo no es tan grato como podría parecer.
Según dice Manuel, «el trabajo es bonito cuando vas descubriendo zonas que nunca antes habías visitado. Pero después de unos años se convierte en una rutina». Víctor, por su parte, añade: «La experiencia es agradable porque conoces a gente, pero ahora, con 50 años, esto de andar de un lado para otro es un incordio».
Ambos, en cambio, reconocen que seguirán en la profesión hasta que el cuerpo aguante.