Muchas mujeres que creyeron haber dejado para siempre la prostitución están planteándose volver a la Tinería para ejercer de nuevo al haber perdido su puesto de trabajo por la crisis. Fuentes del programa para la mujer de Cáritas advierten de que hay otras tantas que no solo lo han pensado, sino que ya han vuelto al barrio y, en contra de lo que esperaban, se han encontrado con que las calles en las que antaño se hacía dinero con cierta facilidad ahora no son lo mismo.
El principal problema es que el barrio, hoy, «está a la vista». Cada vez hay más casas rehabilitadas, más familias ocupando los pisos de la Xunta, más negocios de hostelería y más gente que utiliza las calles Miño y Tinería de paso. Esa situación ha provocado que, en los últimos años, se hayan diezmado los bares y clubes pasando de más de una decena a los dos que continúan en activo en este momento y que tienen las horas contadas, puesto que la rehabilitación urbanística avanza con rapidez y la crisis también aprieta allí. «Te puedo decir que en dos años la actividad en el barrio ha bajado un 75%» explicaba ayer una prostituta (que prefiere no identificarse) de uno de los clubes.
Esta misma mujer confirma que «compañeras a las que no veía desde hace años» han vuelto a la calle a ganarse la vida y se han encontrado con el notable descenso de la actividad, y con que, ahora, hay otras más jóvenes. A finales de los años noventa la media de edad de las prostitutas, que trabajaban y vivían en el barrio, estaba en 50 años. La llegada de la inmigración ha bajado la media, aunque sigue siendo superior a los 40 años.
«Y a esto hay que añadir que el tipo de cliente también es otro -explican fuentes del programa para la mujer de Cáritas- Hay incluso quien acude y no quiere ningún tipo de relación porque ya es más un amigo que un cliente. La situación está fatal y algunas de las que vuelven tienen toda la carga familiar encima, porque el compañero se quedó sin trabajo o porque están solas».
Prohibido salir a la calle
La transformación del barrio no solo ha provocado un descenso de la actividad, sino que también ha forzado cambios en la forma de ejercer. En uno de los dos establecimientos abiertos, las mujeres tienen órdenes para ir vestidas correctamente y hay prohibición expresa de salir a la calle. «Ni siquiera podemos contestar el móvil en la calle porque enseguida hay quejas si se nos ve fuera» explican algunas de las meretrices comentando que ellas lo entienden porque pasan padres con niños o turistas. La obligada discreción les impide poner la música o la televisión alta.
Esto, en cambio, es algo que no se aplica en el otro local abierto, donde se ve que entran y salen con frecuencia y tranquilidad mujeres, tanto solas como acompañadas. En este caso, la puerta suele estar abierta, de manera que se escucha la música con nitidez y también se puede ver el interior del local. Al preguntarles, sin embargo, rechazan hablar.