El 5 de julio de 1807, los descendientes de María Pita, reclutados en todo el Cono Sur, derrotaron al ejército inglés que pretendía ocupar Argentina tras el desastre de Trafalgar.
17 jul 2007 . Actualizado a las 14:18 h.El invierno austral azotaba Buenos Aires aquel frío amanecer del 5 de julio de 1807. Los ingleses llevaban tres días rodeando Buenos Aires y se las prometían muy felices. Tras la catástrofe de Trafalgar, el imperio británico reinaba en solitario en los mares del planeta. Y la América española, con sus tesoros y su potencial comercial, era un bocado apetitoso para la principal potencia militar mundial. El historiador Luis Gorrochategui Santos, que el próximo otoño editará un libro sobre la batalla de Buenos Aires, cuenta que a los ingleses «no se les escapaba la posibilidad de aprovechar la debilidad de España, sometida a las voluntades de Napoleón, para hacerse con los principales puertos del nuevo continente y establecer allí sus bases comerciales como habían hecho ya en Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, aprovechando que Holanda ya había sido invadida por Francia». Un año después de Trafalgar, en 1806, los ingleses ya hicieron una primera intentona. Con 1.600 hombres, tomaron Buenos Aires ante la desbandada de las desorganizadísimas tropas españolas. El gobernador Sobremonte sólo se preocupó entonces de recoger las más de 40 toneladas de oro que tenía preparadas para enviar a la Península y huir a Córdoba, al interior de Argentina. 46 días después, los colonos españoles y las fuerzas criollas reconquistan la ciudad y obligan al 71 de Highlanders, probablemente la mejor unidad de todo el Ejército inglés, a huir. El general Poppan firmó una humillante rendición y entregó sus gaitas escocesas, su seña de identidad, a los vencedores. Luego, se despidió a lo MacArthur en Filipinas y gritó un rotundo «volveremos». La hora de la venganza llega un año después. Más de cien barcos y 17.000 hombres parten de Inglaterra hacia Buenos Aires. Toman primero la desprotegida Montevideo y luego se dirigen al corazón del río de la Plata para cobrarse la revancha de un año antes. Allí le esperaba Pedro Antonio de Cerviño, nacido en San Pedro de Muimenta, en Campo Lameiro, provincia de Pontevedra. Él era el director de la Escuela de Náutica de Buenos Aires y fue el cerebro de la resistencia local. En el año que había pasado desde la primera invasión inglesa, la ciudad se había organizado. Cada región había articulado un tercio, unos quinientos hombres, y se habían fortificado las defensas. Cerviño ordenó a sus hombres de máxima confianza la defensa de los puntos clave de la línea de costa. Desde la batería de Quilmes forzó a los ingleses a desembarcar en la ensenada Barragán, en una zona semipantanosa a más de cincuenta kilómetros de la capital. Con Santiago de Liniers, otro de los líderes de la resistencia, desaparecido en una refriega, Cerviño asume la organización de la defensa de la ciudad junto al alcalde, Martín Alzaga. Elige dos posiciones clave, la colina de Retiro, donde se emplaza el capitán Jacobo Adrián Varela y su unidad de granaderos, nacido en A Coruña, y el entorno de la plaza Mayor, donde aprovecha la configuración urbana para fortificar las terrazas y tender emboscadas a los invasores. El 5 de julio, los Highlanders, ansiosos de restañar su honor, entran en el centro de Buenos Aires haciendo sonar todos sus cañones. Los argentinos piensan en la rendición, pero algunos episodios aislados les devuelven la esperanza. En el Retiro, el capitán Varela protagoniza una salida a la desesperada para romper el cerco de la estratégica colina. En el ataque, pierde sus botas y se lleva dos balazos, pero logra el objetivo y consigue insuflar los ánimos suficientes a sus compañeros de filas para iniciar el acoso a los ingleses. En el centro, los tiradores gallegos logran su objetivo y derrotan al general Crawfurth, que se rinde con sus 2.800 hombres. Esos rifles realimentan la resistencia de los bonaerenses y aumentan su potencia de fuego en toda la ciudad. La orgía de sangre y pólvora se traduce en más de cinco mil bajas británicas, entre muertos y heridos. Tan delicada es la situación que el general Whitelocke es obligado a firmar una nueva rendición en la que se compromete a evacuar todo el río de la Plata, incluido Montevideo, en el plazo máximo de sesenta días. Cerviño se consolidó como uno de los héroes del país y los gallegos se ganaron un prestigio que aún hoy se recuerda en la guardia de honor de la Marina, impulsada por el propio general gallego, se conoce aún hoy como el Tercio de Gallegos. «Fue una gran victoria que impidió la britanización de Argentina y, por ende, de todo el Cono Sur americano. A su escala, ayudaron a mantener el orgullo español, aunque fuera por unos pocos años más», resume Gorrochategui.