«Allí había que engancharse a algo»

La Voz

SANTIAGO

Después de su paso por una academia, donde le instruyeron en el arte de las comunicaciones de guerra, Antonio Portela realizó su última misión en tierra estadounidense, antes de viajar a Vietnam, en un «campo para prisioneros» en los que los soldados eran entrenados. «Nos daban trucos sobre cómo escapar en caso de que los vietnamitas nos apresaran. El gran desafío era que tenías que permanecer en el campamento hasta que fueras capaz de escapar y la verdad es que a mi grupo no le costó mucho», recuerda con cierta ironía.

Tras conseguir burlar la seguridad, y sabedor de que su próxima parada sería Vietnam, Antonio Portela decidió entonces tomar su primera decisión como adulto. En vez de regresar a la base cogió un avión hacia Newark y corrió a despedirse de su familia.

«Yo me escapé y me escapé», asegura Tony divertido mientras recuerda las caras con las que una semana después se presentaron en la puerta de su casa dos agentes del Ejército en plenas fiestas de San Antón. «La verdad es que, yo por si acaso, ya me había comprado el billete de vuelta porque sabía que en aquella época no se escapaba nadie. Si hacía falta te buscaban hasta en el baño». A los que, como Antonio, además consiguieron volver de Vietnam, el fantasma de la guerra les perseguiría aún más lejos.

La casa que Antonio y Elisabeth Portela poseen en la localidad de Harrison, en el estado de Nueva Jersey, irradia esa calidez doméstica que solo los hogares familiares son capaces de generar. Sobre una de las paredes de madera, por ejemplo, se extiende como una alfombra un muro de fotografías en las que se puede ver a niños sonriendo a la cámara. Algunos son los hijos de Tony. Otros los nietos a los que su abuelo nunca contó las historias de la guerra de Vietnam.

Alcohol y «más cosas»

«Yo misma me enteré de casualidad una tarde mientras hablaba con mi suegra porque Tony nunca me había comentado nada», asegura Elisabeth, la mujer de Antonio y quien durante años trató de sacarle algo de su experiencia militar en Vietnam, «aunque la verdad es que él se negaba siempre a hablar de ello». Pero lo malo del silencio no es aquello que llena, sino el hueco que deja para que otros hablen. Y en la cabeza de Tony la guerra nunca dejó de sonar.

«En Vietnam había alcohol y más cosas y muchos nos enganchamos a ellas porque era la única salida. Yo estuve muchos años dando tumbos y, como a casi todos los que pasamos por ahí, me costó mucho tiempo pedir ayuda». Para cuando lo hizo los ataques de ansiedad y los episodios paranoicos habían alcanzado tal grado que el Ejército tuvo que pasarle una pensión de invalidez del 100% por razones psiquiátricas.

«Ocurrió hace aproximadamente diez años y la verdad es que, por lo menos a mí, me pilló por sorpresa», continúa Elisabeth, a quien La Voz entrevista de forma separada de su marido. «Yo ya había visto que Tony se asustaba con facilidad o que tenía pesadillas por culpa de la guerra. Pero ese hombre que apareció después, ese no era el hombre con quien yo me había casado». No, ese hombre no era Tony. El que cerraba las puertas dos veces. El que podía pasar días enteros en su habitación sin hablar, sin salir, sin reírse, ese hombre era en realidad otro.

¿Quién perdió más?

En realidad, era el mismo que una noche años atrás había tenido que ocultarse tras las trincheras a pocos kilómetros de Saigón para evitar el fuego que el ejército comunista lanzaba contra sus posiciones. «Esa noche, la he tenido que revivir muchas veces. Nosotros, en principio, no teníamos que luchar a campo abierto pero, a veces? te defendías?, no sé, fue muy duro?», concluye Tony, a quien como a la mayoría de los veteranos de Vietnam la sociedad estadounidense acabó culpando de la derrota y arrinconando en los márgenes de la sociedad. «A los veteranos de Vietnam nos olvidaron demasiado rápido y nos rechazaron frontalmente porque nos tenían por drogadictos, por locos. Yo mismo tuve que sufrir el desdén de mi propia familia. Siempre digo que nosotros fuimos los que abrimos el camino para que los que regresen ahora no los traten así. Porque puede que Estados Unidos perdiera la guerra, pero nosotros perdimos mucho más».

Antonio asegura que ni durante su estancia en Vietnam, ni durante su entrenamiento en una base de Carolina del Sur, coincidió con algún compatriota. «Españoles no vi ni uno, pero sí que recuerdo que era un entrenamiento duro, durísimo porque, como faltaban hombres, teníamos tan solo ocho semanas para completar un entrenamiento que en realidad debía durar 16. Recuerdo que nos hacían correr 15 millas cargados, nos daban tan solo un cigarrillo al día y que, por ir a la guerra, nos pagaban 65 dólares al mes».