C. ha sido víctima del pudor. Ahora lo sabe. De pequeña, dice, no se sentía extraña. De algún modo pensaba que los raros eran los demás, que iban más lentos; tardaban más en comprender cosas sencillas. Luego, con diez años, la diagnosticaron: «Me acuerdo de que lo primero que pensé fue: ??¡Qué mal!, ¿qué voy a hacer ahora?, ¿cómo lo voy a ocultar???. Me asusté. Tenía miedo no sé de qué, pero no quería que nadie se enterara». De algún modo, C. sigue manteniendo un cierto pudor sobre sus altas capacidades. De hecho, no le han servido para tener un expediente inmaculado. «¿Suspensos? Bueno, alguno. En secundaria ya te das cuenta de que con lo que tienes no te llega, que hay que estudiar. Y eso se multiplica en el bachillerato. En realidad, no te acostumbras a estudiar y, si no estudias, es difícil sacar una buena nota», asegura.
C. tampoco está muy contenta con el sistema educativo: «Hay profesores que se involucran, pero en general no lo hacen. Y el sistema te trata igual que a los demás». Así que C. fue retrasando la ejecución de sus ejercicios para acabar a la par de sus compañeros, incluso llegó a controlar su rendimiento para tener unas notas menos discordantes con las de su clase. Fue su estrategia para tener una etapa escolar en la que ser algo más feliz.
Pudor eterno
Ahora tiene novio. Quizás por eso han llegado los suspensos: «No, no lo creo. Yo sigo teniendo el mismo interés por aprender. Lo que pasa es que es más difícil». Dice que prefiere las ciencias, las matemáticas especialmente. El próximo curso estará en la universidad: «Supongo que haré Matemáticas».
-¿Y después?
C. se detiene, extrañada por la pregunta: «No creo que vaya a hacer ninguna otra carrera después. Yo solo pienso en una». Pese a su novio y la integración con la gente de su edad, C. admite que disfruta de los talleres de los sábados, cuando se reúne con otros chavales de la asociación: «Sigo siendo igual de sociable, tengo mis compañeros, mi grupo, pero en la asociación es distinto, me siento más tranquila. Allí puedo hablar de algunos temas con naturalidad, sacarme de encima esa especie de pudor del que normalmente no me pudo librar». C. allí se quita el freno. El resto del tiempo circula con una marcha menos.
C. (17 años)