cuando Ricardo Lafuente llegó a Andorra, hace diez años, «levantabas un pocillo de café e había traballo», recuerda. Vino buscando calidad de vida. Conocía a gente que había venido, le habían ofrecido un trabajo fijo y no lo dudó. Primero estuvo en el Holiday Inn, trabajó allí nueve meses, disfrutó las vacaciones y cambió de empleo. «Antes ata podías pedir o soldo que querías cobrar», dice.
Luego dejó la hostelería y estuvo trabajando cuatro años como guarda jurado. Pero las cosas cambiaron y acabó en el paro. Ahora ha conseguido un empleo en otro hotel. Está contento. «Porque nos últimos dez anos cambiou todo moito. Cun salario de 1.200 euros xa non accedes ás axudas que poden dar no Común [el ayuntamiento] e tes que pagar un aluguer mensual de 650», explica.
Pero aunque reconoce que tiene que hacer muchos números, ahora, tal y como están las cosas, tampoco piensa en volver. «Máis valen mil euros no peto que non ter un céntimo», explica. Tiene que aguantar. Aunque le cueste. Y, a veces, mucho.
Porque este vecino de Pontecesures, criado en Padrón, tiene a su hija en Galicia. Todos los meses envía dinero para que no le falte de nada. «Aos dous anos marchou para alá. Está cos avós e o 3 de abril vai cumprir seis anos», dice. Y cuándo le preguntan por qué decidió enviarla a Galicia, responde con firmeza. «¡Búscate a vida aquí nunha gardería, mi madriña do Carme!», comenta, al tiempo que explica que quiere darle lo mejor. Porque el precio de un servicio de este tipo ronda mensualmente en torno a los 300 o 350 euros.
Pero se lo está pensando. Porque la echa mucho de menos. Y eso que ahora parece que las distancias son más pequeñas con el skype, un método de telefonía a través de Internet mucho más barato que el convencional. Con ese servicio, él y su esposa hablan con ella todos los días. «Ás nove da noite ou ás dez», cuenta.
Lo peor es cuando vuelve a casa del trabajo. «É moi duro chegar, sobre todo en momentos nos que non escoitas barullo dentro da casa. ¿A quen lle berro? Non lle vou berrar á muller?», dice.