La vida en Andorra, dicen algunos de los emigrantes que viven ahí, no es ni de lejos como en Galicia. Ir a tomar un vino o unas cervezas es un privilegio que se deja para el fin de semana, para el domingo, porque, como cuenta una vecina de la provincia de Pontevedra, «facendo a vida que fas en Galicia non chegas ao día quince». Y es que es muy distinto ser trabajador en Andorra que ser empresario o ir de vacaciones para ir a la nieve o de compras por la calle principal de la capital, Andorra la Vella. La vía está atestada de tiendas de perfumes y oulets de ropa de marca. Porque aunque los precios de esos productos sean más baratos que en España, son artículos de lujo y los costes son caros. Por ello, lo habitual es que las comidas o las reuniones se hagan en una casa.
Pese a todo, hay muchos gallegos que se han quedado en Andorra. Están tan arraigados que no piensan volver a Galicia. Porque su familia ya está aquí.
Hay muchos ejemplos desde que los primeros gallegos llegaron al lugar para erigir los muros de la presa eléctrica en lo alto de las montañas y que puede verse desde el valle.
Uno es José Rodríguez, Pepe para sus amigos. Cuando llegó a Andorra, la mitad de la carretera era de tierra. Llegó a los dieciséis años y empezó trabajando en la construcción. Medio año después ya era oficial de segunda. Trabajaba a metros. Probó suerte en Suiza, pero prefirió regresar a Andorra. Poco a poco, fue reuniendo un capital y compró un terreno en el que poder empezar a construir.
«Prestanombre»
Para montar su empresa tuvo que recurrir a la figura del prestanombre, una fórmula jurídica que existe en Andorra y mediante la cual un ciudadano local presta su nombre a un extranjero para poder formar una sociedad en ese Estado. Pasado el tiempo que marca la ley para poder separarse del que cede el nombre, no tuvo problemas para mantener la denominación de la empresa. Ahora es dueño de Entrimo, una promotora, constructora e inmobiliaria. Y aunque no son buenos tiempos para el sector, este vecino de Entrimo, en Ourense, está tan arraigado en Andorra que no piensa en marcharse. Le gusta esto.
Pero no es el único que ha echado raíces en ese pequeño país que limita con España y Francia.
Hijos andorranos
También lo han hecho Isabel y Pepe. Llegaron hace décadas y sus hijos ya han nacido ahí. Incluso tienen una nieta. Ella recuerda como llegó hasta este Estado escondido entre montañas. «Foi o 16 de marzo de 1975 cando cheguei. Como non me vou acordar do día que viñen», dice, mientras reconoce que ha habido muchos días en los que lamentó haber cambiado Zaragoza por esto. «Foron moitas lágrimas as que me custou vir, pero agora tampouco vas marchar para alá xa. Os fillos están colocados aquí, naceron aquí», dice.
El que quiere marcharse es su marido Pepe, el primero en llegar a Andorra. «Iría para Galicia, e o que queira ir que vaia», comenta el patriarca.
Todos tienen piso en Galicia. Para ir de vacaciones. «Aquí non podes comprar e todos levamos algo para alá», explican.