Los usuarios elevan el umbral de la queja hasta el diagnóstico. Salvada la interminable lista de espera, puntúan con generosidad el trato que reciben
25 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.A Juan Maykel (él mismo me deletreó su nombre) me lo encontré en el Xeral de Lugo, a la puerta del servicio de rehabilitación. Estaba esperando una ambulancia para regresar a casa tras su sesión diaria. Está apoyado en dos muletas y su único pie. El otro se lo amputaron el día 5 del mes pasado. «Un accidente de tráfico en la moto, sí -me explica sin rabia-. En la autovía. Un camión me adelantó y la aspiración me lanzó contra el quitamiedos. Se me clavó en un muslo y tuve una vena tupida durante dos horas». El accidente ocurrió en el 2005. A Juan, que entonces tenía 21 años, le han estado intentando salvar el pie, que le quedó rígido e insensible, hasta ahora. «Me lo han amputado por precaución. Pero con una prótesis podré andar casi igual que cualquiera».
Este chaval de Sarria que, pese a todo, vive en el barrio del optimismo, es uno de los treinta usuarios de la sanidad pública entrevistados en diferentes centros médicos del país para la elaboración de este reportaje, que pretende tomarle la temperatura al sistema colocando el termómetro bajo la axila del paciente. «Todo ha ido muy bien», valora Juan al evocar la operación, el trato, la rehabilitación... Aunque siempre piensas que pudo haber ido mejor». Es ahí donde se le ensombrece el rostro: «No sé por qué me han tenido cuatro años con el pie así, cuando a los seis meses ya se sabía que no lo volvería a mover». La semana que viene, a Juan le tomarán medidas para su prótesis y comenzará una nueva vida con un pie sintético y un aprobado hacia el sistema sanitario.
Atado al tabaco
Otro receptor de prótesis es Rafael, un coruñés de 55 años que aprovecha el sol de la tarde en pijama y bata no muy lejos de la puerta de urgencias del Universitario A Coruña. Le han sustituido una parte del esófago hace unos días a causa de un tumor, pese a lo cual apura un cigarrillo en un rincón del exterior. «El sistema es bueno, pero hay pocos médicos para la cantidad de pacientes que hay». No se puede decir que este hombre sea un quejica. Cuando fue al médico de cabecera, el tumor era de tal calibre que ya no podía tragar. «Me hicieron unas placas y me enviaron para el hospital». Pero, con todo y con eso, pasaron casi dos meses hasta que le extirparon el bicho. «Tuvieron que esperar la prótesis. Y cuando la tuvieron faltaba un anestesista. Así que estuve aquí muchos días sin dolor. Por lo demás muy bien, el trato, la comida, las enfermeras, muy buena gente...»
-¿Y no le han quitado el tabaco?
Rafael sonríe por vez primera.
-Pues claro.
El tercer hombre se llama Juvencio, tiene 67 años y es el prototipo de usuario cabreado: «Hombre, ya tenía yo ganas de que me preguntara algún periodista». Sale del centro de salud de Carballo y expone con claridad y sentido común sus quejas: imposible conseguir cita por teléfono, cambio permanente de médicos, listas de espera, descoordinación. «Esto es un caos», dice. Su problema es el ácido úrico y los ataques de gota que lo dejan seco: «Entre tanto médico, me recetan cosas diferentes, así que, como ya sé cuál es el que mejor me va, pido la receta y fuera».
Suspenso en atención primaria, donde hay opiniones para todos los gustos, pero prima la queja. Primera conclusión: el lío llega hasta el diagnóstico. Cuando se traspasa la lista de espera, la satisfacción aumenta.