El pueblo que cambió una pista de juegos por un tanatorio

GALICIA

Lobeira, un concello sin niños, agoniza con el peor registro demográfico del país

14 jun 2009 . Actualizado a las 02:26 h.

Vila, la capitalidad de Lobeira, se pasea en diez minutos. Poco más que la travesía de la OU-540 camino de Portugal, una tienda de ultramarinos, una ferretería, un par de bares y la farmacia. Por detrás, el Concello, el centro de salud, el colegio y el cuartel. El colegio, por cierto, está vacío. Lleva así todo el curso. Apenas sí accede la banda de gaitas a ensayar y los votantes cuando hay elecciones. El año pasado, optaron por no empezar. Los padres de los ocho chavales en edad escolar decidieron que ya estaba bien de tanta soledad y que a sus hijos les iría mejor en el colegio de Bande. Quince minutos más de autobús, al fin y al cabo. Porque en la villa, donde está el colegio que ahora duerme el sueño de los justos, no vivía ni uno de esos escolares. Y la Administración, encantada con reducir el gasto en el enorme colegio donde el personal era ya casi mayor que el alumnado.

Al lado del colegio hay una pista de baloncesto con sus canastas herrumbrosas donde hace tiempo que no ha botado un balón. Es imposible. La pista está concienzudamente arada, levantada por completo, el típico lugar al que nadie dejaría que sus hijos se acercasen: «Imos construír un tanatorio -dice el alcalde-. Somos o único concello de Galicia que non o ten». Y es posible que tenga razón. Así que Lobeira prepara una imagen de insuperable simbolismo: sobre la pista donde ningún niño jugaba se velarán los cadáveres a través de los que también muere el pueblo. Muy deprisa.

María

De todos modos, imágenes como la del tanatorio hay varias. El comprensible pragmatismo municipal planea también adaptar el colegio vacío a un nuevo servicio mucho más demandado: un centro de la tercera edad del que los vecinos carecen a pesar de que, según el padrón, más de la mitad son mayores de 65 años. «Máis do setenta por cento», corrige un vecino que sabe de lo que habla. «Aquí o censo está moi inflado -explica en uno de los dos cafés- e pode poñer que o 70% son pensionistas».

Elpidio no. Es un hombre activo. Y hasta no se queja mucho de la crisis. Desde su casa, encaramada en la ladera de un valle soñado, dirige una pequeña explotación de vacas de carne. Nació allí, un poco más abajo, donde viven sus padres. Su mujer, Lucía, a un par de kilómetros. Ella trabaja en Lobios y los dos son los padres de María, una niña de ojos grandes que come gominolas mientras arrastra las zapatillas de su madre. Tiene tres años y en septiembre empezará el cole. En Bande. Vendrá a buscarla un taxi todos los días y, seguramente, en su proceso de socialización echará de menos los mimos que ahora le procura todo el pueblo. Es el último bebé nacido en Lobeira. Una emperatriz que se pasea casi a voluntad por todas las casas del núcleo, donde sus habitantes la colman de atenciones: «É o centro de todo o mundo», dice su madre. En el colegio de Bande tampoco se enfrentará a un vendaval de niños. Será la única de su edad con otra alumna que va a ese colegio porque es hija de una cuidadora.

Flipando en el tobogán

Lo que son las cosas. En medio de ovejas, gallinas, vacas, perros y toda la fauna de aldea, a María no le gustan los animales. Pero los toboganes sí. «Imos a Ourense ao parque. Tiñas que vela. Flipa», cuenta la madre. No es extraño. En todo el ayuntamiento no hay un columpio público. «Somos un concello pobre -dice el padre de la criatura encogiéndose de hombros-. Non hai ningunha axuda á natalidade. En Bande danche mil euros». A María no le cogieron ni los 2.500 de Zapatero.

Elpidio y Lucía acumulan dos rarezas relacionadas: son padres de un menor de edad y no se han planteado emigrar. El otro socio de la explotación de carne sí. Se fue a Xinzo hace unos años para mejorar las perspectivas laborales de su mujer y allí se quedaron. A pesar de que en Lobeira, claro está, no hay donde comprar unos pañales, ni pediatra: «A Ourense tivemos que ir varias veces -recuerda la madre de María- a urxencias». Tres cuartos de hora de coche para consultar una fiebre.

«Quero máis gominolas», anuncia María y desaparece dentro de casa. Al tiempo, como si fuera un transporte blindado de seguridad, llega una furgoneta con el tesoro, los chavales que llegan del instituto de Bande, y deja a uno, de 13 años, en el núcleo de Vilariño. Ya le queda poco para disfrutar de su pueblo. Las posibilidades de que desarrolle su vida en el lugar donde nació son tan escasas cono las de María, que sale de nuevo al corredor con la boca llena, todavía sin saber el valor que tiene su existencia para un pueblo que se muere a un ritmo del 2% anual.