La capital turística de las Rías Baixas está, desde ayer, más cerca del resto de Galicia; la nueva vía de O Salnés permite acortar tiempos y dar salida a un tráfico en aumento
23 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Aunque la apertura oficial de la autovía de O Salnés estaba prevista para las siete de la tarde de ayer, una hora después los operarios de la empresa adjudicataria todavía estaban retirando los conos que separan aquellos carriles por los que se puede circular de los que aún afectan las obras. Pero en los tramos en los que el vial estaba abierto resultaba fácil comprobar la mejora que ha sufrido esta concurrida infraestructura. Los camiones ya no son un problema y los adelantamientos no entrañan los peligros de antaño, cuando los vehículos en dirección contraria circulaban a pocos centímetros. Lo difícil ahora será obligar a los conductores a que respeten la velocidad máxima, establecida en todo el tramo en 100 kilómetros por hora.
El viaje por la nueva autovía comienza en el enlace de Curro con la AP-9. Allí todavía se trabajaba ayer en la retirada de la señalización de obras, pero a escasos metros la situación cambiaba radicalmente. El segundo carril entra en escena y al conductor tiene la tentación de superar, con creces, los cien kilómetros hora permitidos. Muchos, sobre todo los turismos, lo hacían sin reparos. El carril de la derecha queda limitado a los vehículos pesados, que ahora ya no constituyen un problema que obligue a pisar el freno. En poco menos de tres minutos -respetando la velocidad establecida- aparece el área de servicio de Meis. Un tiempo récord que, en otras épocas, podía eternizarse, sobre todo durante la mañana de un domingo de verano.
Dos minutos más se tarda en llegar al enlace de Cambados y Ribadumia -también de Vilagarcía, aunque las señales no lo indiquen así-. Unos kilómetros antes de esta tercera conexión, los dos carriles se convierten en tres. Esto es debido, explican los técnicos, a que entre la segunda salida de Meis y la de Cambados transcurren menos de dos kilómetros, por lo que fue necesario ampliar el número de carriles por temas de seguridad.
Reducir a 80 por hora
A partir de aquí, el trazado es ligeramente más complicado. Las señales recomiendan bajar la velocidad a 80 y las curvas se vuelven un poco más complicadas. Aparecen también los tres viaductos que fue necesario duplicar. El primero tiene 220 metros de largo, el segundo, 60, y el tercero, 205. Constituyen una de las partes más complicadas de la obra, pero hoy lucen flamantes, pintados de ese reluciente color azul tan típico de las vías de alta capacidad.
Pasada la salida de Meaño, a la que se llega en poco más de ocho minutos, la carretera recupera un trazado más relajado. Desaparecen las señales que recomiendan bajar la velocidad y reaparece la prohibición de circular a más de 100 por hora, que a los conductores de varios turismos no parece importarles, pues transitan superando los 120.
El acceso al parque empresarial de Nantes es el único cerrado al tráfico. Su señal, la última en permanecer tapada.
Diecisiete kilómetros después y doce minutos más tarde aparece el acceso a Sanxenxo. La pena es que, con él, la autovía llega a su final y vuelve a convertirse en esa odiada vía de O Salnés que, cuando el tráfico sea intenso, obligará a frenar en seco a más de uno.
El camino de regreso no es tan placentero. Los que vuelven de las playas ven que la autovía no es una realidad en dirección Pontevedra. Será cuestión de minutos, pues en Curro han comenzado a desaparecer las señalizaciones. Es el último resto de lo que en otra época fue la peligrosa vía rápida.