La tragedia sacudió ayer Ribadetea, una pequeña parroquia del municipio pontevedrés de Ponteareas. Los cuerpos sin vida de dos de sus vecinos -padre e hijo- fueron localizados en el río Tea a primera hora de la tarde. Fue la esposa del primero y madre del segundo quien hubo de toparse con el fatal hallazgo.
Todas las hipótesis están abiertas aunque está comprobado que ambos se ahogaron. La autopsia deberá ahora corroborar este extremo y permitirá arrojar algo más de luz sobre las circunstancias que rodean este suceso, que ha conmocionado la vecindad y que ya investiga la Guardia Civil.
Según pudo conocer La Voz, los dos hombres (de 74 y 35 años, respectivamente) habrían salido del domicilio familiar, en el lugar de Barciela, por la mañana. Su falta no se habría hecho notar hasta el mediodía. Fue entonces cuando la esposa y madre emprendió la búsqueda por los alrededores sin sospechar siquiera lo que podría haber ocurrido. Las esperanzas de hallarlos sanos y salvos se desvanecieron muy rápido, apenas unos pocos minutos después de las dos de la tarde, cuando la mujer, acompañada por una vecina, se hubo de enfrentar a la peor de las perspectivas imaginadas.
Autopsia
Nada pudieron hacer ya los miembros del operativo de emergencias desplegado en el lugar más allá de certificar sus muertes. El Juzgado de Instrucción de Ponteareas ordenó el levantamiento de los cadáveres y su traslado al hospital vigués Nicolás Peña, donde esta mañana está previsto que les sea realizada la autopsia. Pudo ser accidental o no, pero, a priori y, a falta del examen médico forense, parece que no había ningún otro indicio más allá del ahogamiento. Los vecinos explicaron que el padre (J.Á.T.) podría estar sufriendo una fuerte depresión y que su hijo (J.M.Á.G.) padecería algún trastorno o enfermedad con afección psicológica y motora.
Nadie se atreve a ir más allá de la suposición y el único dato objetivo que hasta el momento ha trascendido apunta a que no fue una caída, ya que, al menos, el padre, se habría descalzado antes de alcanzar el río. Los zapatos fueron localizados en las inmediaciones del lugar conocido como A Croa, a un kilómetro de su residencia.