Una pescadora llamada Rolindes

M. P. R.

GALICIA

19 ene 2008 . Actualizado a las 21:05 h.

n Rolindes es una estrella mediática. No en vano puede considerarse única. Con más de 70 años, cada día se hace al mar en su lancha de 12 metros y con la única compañía de su hijo: «Vou se hai bo tempo e se me apetece», dice. Ahora, al menos, ya no tiene que esperar a que salga toda la tripulación para abandonar el barco a hurtadillas, como cuando era joven y una desconocida pulsión la empujaba a ayudar a su marido en el barco familiar: «Dicíanme que ía ao barco a varrer e a min dábame vergonza. Pero sempre volvía».

Esta mujer ha vivido todo lo que el mar da y quita. Después de décadas de esfuerzo ha conseguido un patrimonio que no esconde y del que se siente orgullosa. Y también ha perdido un hijo. El día de la Inmaculada de 1983, un petrolero pasó por encima del pesquero en el que dormía su hijo y envió a tres miembros de la tripulación al fondo del mar. Todos tenían 23 años: «Era a súa derradeira viaxe, porque non quería volver. Díxoo antes de saír, que había collido medo e que prefería ir polo mundo a embarcarse de novo».

Rolindes aún recuerda cuando cogían 300 langostas en el día con la mitad del aparejo que hoy necesita, a veces para no coger ninguna. En las redes caen lenguados, centollas, julianas... pero para esta mujer no hay duda de que el pescado está de capa caída y asiste con el gesto torcido al abandono del mar por parte de los chavales.

Por el local del puerto donde remienda las redes corretean algunos de sus nietos, que la ayudan a recordar. El padre de los chavales es quien la acompaña a faenar todos los días: «¿Cree que sus hijos seguirán la tradición de la familia?». «No, no creo que sigan», responde el padre de los chavales. «¿E ti que sabes?», replica Rolindes. Esta abuela del mar no se resigna a que su mundo se hunda y que no sobreviva otra generación, pero no se le escapa que hoy se gana menos, aunque la seguridad haya aumentado: «Si me mandan al mar sin GPS -asegura su hijo- no sé si volvería». El padre sonríe y recuerda cuando usaba una piedra untada con grasa de cerdo y atada a una cuerda para sondear el fondo.

Rolindes, que siempre sonríe, cuenta viejas historias del mar y se jacta de haber tirado por carretillas con cien kilos de pescado a pesar de las miradas siempre recelosas de los hombres que han copado el oficio desde que existe el mar. Aún hoy, no hay otra mujer en Celeiro que se haya embarcado. No ha tirado la toalla. Ante el apocalipsis de la pesca, Rolindes apunta: «Aínda hai que ver cómo se pon a cousa».