Unos Juegos XXL

DEPORTES

02 ago 2008 . Actualizado a las 22:51 h.

Pekín impacta. Nada aquí es corriente. Estadios fastuosos, atenciones exquisitas, medidas de seguridad asfixiantes, calor extremo, distancias kilométricas, precios regalados, modestas bicicletas, coches lujosos... Pero funciona. Da gusto pasear por la capital china, y todavía falta lo mejor a unos días del comienzo de los Juegos.

«En Pekín encuentras argumentos para todo: para una idea y para su contraria», me dice al llegar el amigo de una amiga de una amiga de mi gran vecino coruñés de siempre. Y quizá los contrastes son lo que lo hacen más atractivo. Un mundo, un sueño, dice el eslogan de los Juegos. Los chinos quieren ser parte importante del nuevo mundo, y los jóvenes son los más entusiasmados con la llegada de medio millón de extranjeros.

Calles limpias, sonrisas por todas partes, metro eficaz... Con todas las entradas vendidas, Pekín 2008 se anota un tanto. Con el sol luciendo libre de contaminación, otro. Con la ausencia de incidentes, también. Y además, la organización supo manejar los tiempos para que la gran noticia ahora sea positiva: que sí hay libre acceso a Internet. Que dure la armonía.

Sin prejuicios

Todavía fresco el recuerdo de Persépolis ?la aclamada película de animación sobre Irán-, uno quiere llegar a Pekín sin prejuicios. Conviene no dejarse llevar por tópicos, ni etiquetar, ni ser negativo, ni confundir los gobiernos con los ciudadanos. China tiene otra cultura, pero limpiando la mirada quizá se entiende mejor. Hace unos días, alguien bromeaba sobre qué comida resulta más chocante: la carne de perro de los chinos, la carne de vaca, la de cerdo... El caso es que la de perro se retiró durante esta época, para no molestar a los visitantes. No hay duda del esfuerzo que hace Pekín para resultar agradable, adaptando sus costumbres, pidiendo hospitalidad. ¿Harían lo mismo otros países para no inquietar al que viene de fuera? Apuesto a que no.

Barato, barato

Con los Juegos no se juega. En Pekín uno encuentra falsificaciones de casi todo. Menos de los artículos oficiales de las Olimpiadas, más caros que cualquier falsificación occidental. La capital es barata para comer, moverse y vivir. No tanto para caprichos. Los Juegos dispararon los precios de bastantes hoteles (algunos tuvieron que volver a bajarlos), tiendas, restaurantes... Y también de los mercadillos. El regateo es todo un arte. A uno le empiezan pidiendo 25 euros por la más sencilla camiseta blanca de algodón con un motivo chino. Al final la estudiadísima estrategia de márketing apunta al corazón del cliente después de llegar a un precio más razonable: para ti no supone casi nada, no le des más vueltas. Quizá tenga razón. El regateo se hace al alza con las entradas. Se vendían muy baratas si se comparan con los precios habituales de Europa, pero las distribuía una agencia de viajes a la que quizá le convenía más colocarlas en sus viajes que distribuirlas sin preferencias. Conclusión: muchas solicitudes se quedaron sin atender.