Charolés es desde hace casi treinta años el restaurante más sólido y conocido de San Lorenzo de El Escorial y de la sierra toda, y permítanme que añada rápidamente que su cocido madrileño, que habría colmado las apetencias de nuestro pantagruélico César Carlos V, es el mejor que existe por estos contornos y cualquier contorno, o, como se dice ahora, el icono de la casa. Pero no nos olvidemos de sus carnes, que honran el nombre del establecimiento, o de sus merluzas, un milagro en los tiempos que corremos. - Míguez, ¿por qué demonios ostentas un apellido gallego? -Porque mis tatarabuelos eran de Redondela. Emigraron a Alcalá de Guadaira, Sevilla, donde existía una demanda para la fabricación de carros y carretas, y luego la familia fue derivando hacía acá. -¿Y como se convierte un chavalín escurialense en empresario de hostelería? -Con mucho tesón y un poco de simpatía. A los 10 o 12 años me dedicaba en los ratos que me dejaba libres el estudio a repartir tarjetas de un restaurante local. Me daban una peseta por cliente cobrado. A los 13 entré en el hotel Victoria Palace y como era gordo lo hice ya como aprendiz. Luego me ayudó mucho Antonio Muñoz, campeón de coctelería y todo un personaje local. Pasé al Felipe II...y, bueno, profundicé mi vocación hostelera durante los años de la Mili, donde ingresé a los 18. A los 21 fui nombrado director del San Pancracio madrileño, me daban un porcentaje de los beneficios, hubo suerte, ahorré y a los 27, primero con socios, luego solo, abrí Charolés, que no ha dejado de tener éxito desde entonces. Corría el año 1977. En el 81 inauguramos el Cafetín Croché, y si pluralizo es porque esto hubiera sido imposible sin la ayuda de mi mujer Mari Cruz, que abandonó su puesto de profesora de Químicas en el instituto para ayudarme y aquí estamos. -No sólo estáis, Manolo, sino que no paráis de inventaros nuevas actividades culturales y lúdicas, nuevos mecenazgos. Cuéntamelo. -El Charolés (Floridablanca, 24, tno. 918 905 975) ha andado solito desde el principio, como ya hemos quedado, y el Cafetín Croché también, pero su pequeña cripta nos ayudó a hacer cosas, sí: los viernes mágicos, al principio con Tamarit como puntal, las tertulias, dirigidas por Manuel Andujar, los premios de poesía y novela corta, con la ayuda y amistad de la librería Arias Montano, mucho apoyo y colaboración también de Los Amigos de los Senderos, a quienes correspondo desde siempre (y aunque ayer no pudiéramos coronar el Pico del Fraile por la niebla y la nieve). Tener amigos, Joaquín, es lo mejor de todo.