Prisas. Días largos y duros. Novacaixagalicia (NCG) traspasará el próximo jueves su negocio al banco. Si, como todo parece indicar, el camino que elige es el de liderar un proyecto propio, Galicia ganará una empresa de 6.500 trabajadores altamente cualificados, que mantendrá los órganos de decisión en la comunidad. Por proximidad y compromiso con el territorio, será más fácil que fluya el crédito hacia lo cercano, es decir, hacia las empresas y personas que estén en este territorio. Es un último tren. En caso contrario, la caja sería una especie de zombi. Porque solo tendría dos opciones. O entra el FROB con los 2.622 millones (entonces la caja se trocea y se vende); o quedaría como filial de un gran banco (por ejemplo, el Popular), que acabaría fagocitando a nuestra institución financiera.
La conselleira Marta Fernández Currás lo sabe. Y lo hizo saber. Los responsables de tomar la decisión también lo saben. La ignorancia no puede dar al traste con el proyecto, el único que será positivo para el norte y el sur de Galicia; para el este y el oeste.
Volvemos a estar como al inicio de esta historia hace ya tres años: o una o ninguna. Toca volver a elegir. También a sindicatos y a políticos, quienes no querrán trabajar y gobernar una tierra yerma. Sin nada y sin nadie. Repetir de nuevo la lucha política, de sillas o de egos, ya no tendría sentido. Tampoco hay tiempo.
En estos momentos la caja ha propuesto un nombre para llevar el proyecto. José María Castellano, con prestigio profesional contrastado como para poder acometer un proyecto que necesita la captación de los recursos millonarios exigidos por el Banco de España. Su cargo sería el de presidente ejecutivo.
Fondos gallegos, nacionales e internacionales ya se han interesado en una inversión que, además de estar avalada por la figura del directivo gallego, no debe ser tan ruinosa si se tiene en cuenta que la caja podría salir al mercado al 50% de su valor.
Galicia tiene futuro, pero siempre que tenga recursos económicos. Y como recordó más de una vez el economista Víctor Moro, el dinero no tiene patria, pero sin él no se hace país.