Un periodista de La Voz acompaña durante un día al servicio de inspección marítima de la Xunta, que el año pasado decomisó 64 toneladas de pescado y marisco ilegal
12 abr 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Son las nueve de la mañana en el puerto de Camariñas. El día amaneció soleado, pero el viento del nordeste ya sopla con fuerza. En la dársena está todo tranquilo, tan solo se escuchan los motores de la lancha itinerante Paio Gómez Chariño, del Servizo de Gardacostas de la Xunta de Galicia. Los nueve tripulantes apuran los preparativos para zarpar mientras esperan las instrucciones del centro de coordinación de datos ubicado en Santiago. Llegan las órdenes y empieza la jornada.
Desde la central les advierten de que en un arenal cercano podría haber aparejos calados de manera irregular. Por el camino harán también algunas inspecciones rutinarias. Pronto, en el puente de mando, desde donde se gobiernan los 30 metros de eslora del buque, surge el tema estrella en las últimas semanas: el furtivismo. Los agentes, a quienes les incomoda la presencia de una cámara, son conscientes de que su trabajo satisface a muy poca gente dentro del sector. «Molestamos a los furtivos, estorbamos a los profesionales que no llevan sus papeles en regla y quienes cumplen la normativa nos acusan de blandos», explica el jefe de inspección del barco. Al contrario de lo que afirman en los últimos días desde las distintas cofradías de pescadores, no aprecian un incremento de la actividad de los ilegales en el litoral gallego. «Lo que pasa -explican- es que a veces centras tu atención en conservar un recurso y puede que te relajes en otra parte. Está claro que no podemos abarca toda la costa».
Sobre las zonas más conflictivas, surgen nombres de sobra conocidos: la ría de Ferrol, la de O Burgo,... «Pero la que se lleva la palma es la de A Pasaxe. Allí la gente tiene muy poco que perder y no les importa nada», indica el patrón de la embarcación, quien añade: «Sin embargo, el principal problema no está en la persona que va a coger almejas o berberechos de forma ilegal porque no tiene otra cosa para poder comer, sino en quien compra esos productos que no han pasado los controles sanitarios pertinentes».
Los consumidores
El papel de los consumidores es fundamental en la erradicación del furtivismo. «Si todo el mundo -subraya uno de los agentes- exigiese que el marisco y el pescado que se lleva a casa estuviese correctamente etiquetado, sería un gran paso para acabar con esta lacra de la pesca». Buena medida del volumen de actividad es que, solo durante el año pasado, este servicio decomisó a los furtivos 64 toneladas de pescado y marisco.
Además, los guardacostas no comprenden ciertas decisiones de los tribunales de justicia. «Esta tripulación -apunta el jefe de inspección- cogió con las manos en la masa en la ría de Ferrol a dos furtivos con un cargamento de vieiras que tenían toxina amnésica, ASP. Un juez los dejó en libertad, porque no eran recolectores de este marisco. No es lógico». Los agentes comparan la venta de marisco que no se ha sometido a los correspondientes controles de la Xunta con la de estupefacientes, aunque reconocen que la ciudadanía aún no lo percibe así y es más permisiva con este tipo de comercio clandestino.
La Paio Gómez Chariño abandona la ría de Camariñas. El viento del nordeste, que se ha incrementado hasta fuerza seis, dificulta la navegación. El patrón pone rumbo a una embarcación que faena a media milla de distancia por el costado de estribor. Se trata de un pequeño pesquero que está recogiendo las nasas que había largado la noche anterior. Los guardacostas comprobarán si puede trabajar con esta arte y si los marineros que lleva a bordo están en el rol del barco. Recogen la documentación gracias a un truel extensible. El mal estado del mar y la diferencia de altura entre ambas embarcaciones no permite abarloar. Todo está en regla. Desde la distancia, los pescadores también enseñan sus capturas. En la cubierta tienen cerca de 15 kilos de pulpo. Parece de talla reglamentaria. «Si tuviésemos sospechas fundadas de que llevasen especies protegidas o cuyos tamaños fuesen ilegales, bajaríamos la lancha neumática que llevamos en la popa y realizaríamos una inspección en profundidad», explica el responsable del operativo.
La lancha itinerante del Servizo de Gardacostas de la Xunta de Galicia llega al lugar donde les advirtieron de que podría haber aparejos calados sin balizar de forma deliberada. La tripulación larga por la proa un aparato que detecta si hay cabos en el fondo. Es una especie de cabeza de torpedo de acero que tiene dos ganchos para agarrar los aparejos. El modelo lo han ido perfeccionando «con años de experiencia y mucho ingenio». El buque peina la zona, pero ha sido una falsa alarma. Ya es mediodía y el patrón decide regresar a Camariñas para comer. Después partirán hacia Muros para seguir con su labor de protección del litoral gallego.