El mundo llega dividido a la histórica cita de Londres

ECONOMÍA

El primer presidente negro de la historia de Estados Unidos pisó anoche Europa por primera vez con la intención de comenzar a cumplir su promesa electoral de cambiar el mundo. Tras aterrizar ayer en el aeropuerto londinense de Stansted, Barack Obama rendirá hoy pleitesía a su graciosa majestad en Buckingham Palace y asistirá a la cena de jefes de Estado previa a la decisiva cumbre del ?G-20, que se celebrará mañana en la capital británica.

Habitualmente se tiende a situar en Wall Street la capital financiera mundial, pero cuando Manhattan era solo una isla habitada por los indios, las grandes fortunas de la City londinense ya hacían negocios por todo el mundo. Si Buckingham era el corazón del hegemónico imperio británico, la City era, y en parte lo sigue siendo, el cerebro que movía los tentáculos del capitalismo. A esta ribera izquierda del Támesis, junto a los rascacielos de Cannary Wharf, llegarán mañana los líderes mundiales para intentar contener una hemorragia económica que ya dura veinte meses y que, según la OCDE, se traducirá este año en una caída media del 4,3% del PIB en los 30 países que la integran.

Objetivo mínimo

El objetivo mínimo de la cumbre, según han insistido en remarcar todos los líderes en los últimos días, es ofrecer una imagen de unidad contra la crisis. Pero lo cierto es que la grandes potencias llegan divididas al centro de convenciones Excel. Europa (encabezada por Francia y Alemania) se resiste a comulgar con la propuesta estadounidense (también apoyada por Londres) de recortar impuestos, gastar más y recuperar el empleo, aunque sea a costa de engordar el déficit público. Berlín y París defienden que primero es necesario evaluar los resultados de las recetas económicas que ya hay en marcha, antes de ampliar las ayudas. Y sobre todo exigen que los esfuerzos se destinen prioritariamente a reformar el sistema financiero para que nunca más haya otra crisis como esta.

Deberes hechos

La Administración Obama pretende abandonar Londres con el compromiso de que se destinen dos billones de dólares a reactivar la economía mundial. Para dar ejemplo, el Gobierno estadounidense llega a la cita con los deberes hechos: ha aprobado su propio plan de estímulo (de 600.000 millones de dólares, el 5% del PIB) y además ha asumido los planteamientos europeos para sanear y regular el sistema financiero. Al quedarse sin contrapartida, la pelota queda en el tejado europeo. Un reciente informe del FMI desvelaba que apenas cuatro países presentes en la cumbre de noviembre en Washington (China, EE.???UU., Arabia Saudí y España) han cumplido con el compromiso de elevar el gasto público con una inyección del 2% del PIB. Europa siempre ha alegado que esa medida tienen menos sentido en economías basadas en el estado del bienestar, con una fuerte cobertura social, y que ya destinan ingentes cantidades de dinero público a amortiguar los desequilibrios.

El FMI, por su parte, afronta el mayor desafío en sus 65 años de historia. En apenas una mañana de deliberaciones, los mandatarios mundiales deben decidir si esta institución surgida en 1944 de los acuerdos de Bretton Woods es o no el mecanismo idóneo para suministrar recursos e idear fórmulas que atajen la crisis. La entidad que preside del francés Dominique Strauss-Khan llega al G-20 en pleno proceso de reformas. El sustituto de Rodrigo Rato se ha fijado el objetivo de flexibilizar las líneas de crédito y establecer las herramientas que permitan prevenir las crisis económicas, más que buscar remiendos posteriores. Desde el inicio de la crisis, el FMI ha prestado 50.000 millones de dólares y tiene en caja otros 200.000. Pero, Strauss-Khan, con el apoyo de Obama, aspira a salir de Londres con medio billón de dólares, que destinará en parte a respaldar a los países en vías de desarrollo, claves en la recuperación económica.

Según lo que se ha filtrado hasta ahora, el borrador del comunicado final de la cumbre no incluye planes concretos de estímulo fiscal. De acuerdo con estas conclusiones preliminares, la expansión de gasto público que ya hay en marcha será suficiente para incrementar un 2% del PIB mundial y crear 20 millones de empleos. Estas medidas, junto con los rescates bancarios y la inyección económica del FMI, deberían servir para recuperar la senda del crecimiento económico a finales del 2010.

Las principales potencias mundiales sí se pondrían de acuerdo en elaborar una lista de paraísos fiscales y en sancionar a los que no colaboren. También habrá una mención a las polémicas remuneraciones de los directivos de banca, que deberán de calcularse «según sus prestaciones, su apoyo al crecimiento sostenible y su capacidad para evitar riesgos».? Adicionalmente, se creará un Consejo de Estabilidad Financiera para supervisar los fondos de alto riesgo, origen de todos los males actuales.