Las campañas de reducción de consumo energético que cada año repiten los organismos oficiales no buscan, únicamente, bajar la factura final que paga el consumidor. El objetivo principal es conseguir un uso racional de la energía y una bajada en las emisiones que contaminan la atmósfera. Como muestra, el gasto de energía de un frigorífico: según el IDAE, un aparato de máxima eficiencia (A++) consumirá a lo largo de su vida útil casi 3.000 kilovatios. Uno de clase G, la mínima categoría, hará subir el consumo hasta superar los 12.300 kilovatios durante el mismo período. Pero lo mismo ocurre con las bombillas: si sustituimos un juego de seis bombillas incandescentes de cien vatios por otras de bajo consumo, en seis años se evitarán 1.774 kilos de emisiones a la atmósfera de dióxido de carbono y se consumirá 2.880 kilovatios menos de energía. No hay que olvidar tampoco los consumos invisibles: mantener los aparatos en la opción «stand by» representa cerca del 10% del consumo de energía eléctrica de los hogares españolas.