«Estuve dentro, pero hay mucho agobio». Rubén Santiso es uno de los muchos hombres que aguarda en la puerta de Uterqüe en A Coruña. Espera a su mujer. Para ella no hay problema: un poco de aire acondicionado y easy listening y todo se sobrelleva.
En la era de la adoración a las marcas, una inauguración como esta, termina siendo un acontecimiento social. Y en tiempos de crisis, en los que la tendencia son los cierres, no las aperturas, más. «Hay que estar. Al día siguiente no puedes llegar y no opinar con tus amigas de», confiesa entre risas Marina Alonso. Su amiga, Silvia Barco ha quedado fascinada. Pone un pero: «Venía a ver si compraba, pero es todo de temporada. No hay nada de verano».
La tienda, que abre simultáneamente a otras cuatro en Madrid y Barcelona «ha superado todas las expectativas». Lo dice Patricia Alonso, una de las encargadas. A los dependientes, se suman los diseñadores. Safu Seghatolesla no puede ocultar su felicidad: «Es una pasada. Ver tus diseños en las manos del cliente es genial». Hasta el último minuto que permaneció abierta el trasiego fue incesante.
Las bolsas grises de Uterqüe, se suman ahora al paisaje comercial coruñés. Dos amigas, salen con varias y cuentan una anécdota que bien puede dar una idea de la expectación creada: «Teníamos las cosas encargadas, porque conocemos a un chico de aquí. Salimos un momento del trabajo, sin que se dieran cuenta, y resulta que aquí estaba nuestro jefe con su mujer». Se impone el pacto de silencio.