A la primera fortuna de Portugal no le asusta la crisis: «Es un problema de cambio de ciclo que ya hemos visto en otras ocasiones. Sería deseable que estas cosas no ocurrieran, pero quien sepa cómo funciona la economía mundial sabe que esto es imposible». Américo Amorim llegó ayer por la mañana a A Coruña y regresó en avión a Oporto poco después del mediodía. El rey mundial del corcho, primer accionista privado del Banco Popular y con una fortuna estimada de 4.300 millones de euros, ha visto muchas crisis. Esta llega el año en el que por fin ha superado a Belmiro de Azevedo, dueño de Sonae, y se ha convertido en la primera fortuna del país vecino.
Amorim ha alcanzado la cima tras ver cómo su padre (heredero de un pequeño taller de corchos que surtía a la industria del vino desde Vila Nova de Gaia) moría joven y dejaba en sus manos el negocio familiar; tras ser expropiado en 1975 por el dictador Salazar, y tras ser capaz de recuperar su ya entonces pequeño imperio y fundar varias decenas de empresas y entidades financieras.
En el último lustro ha entrado de lleno en el negocio energético con la compra de Galp, a la que pretende convertir en un operador de referencia en el mercado europeo. Pese a su presencia en el sector, Américo Amorim se considera incapaz de pronosticar hasta dónde llegará el precio del petróleo: «Creo que nadie lo sabe exactamente. En los últimos dos años estamos sufriendo una fuerte especulación, algo que no es deseable, y los precios actuales no están justificados».
Preguntado por los problemas que están padeciendo muchas empresas españolas, Amorim lamenta: «Cuando ocurre lo que está ocurriendo, todos salimos perdiendo. Las economías ibéricas -explica- cada vez están más cercanas, y lo que es malo para España es malo para Portugal». Respecto a la situación que vive su país, el industrial luso recuerda que partía «de una situación peor, y ya estamos en crecimiento negativo».
No obstante, Amorim es optimista y considera que es el momento de aprovechar las oportunidades que, asegura, aparecerán: «Durante algún tiempo vamos a padecer un escenario económico diferente. Hay que hacer frente a una nueva realidad económica mundial. Hay que analizar lo que está ocurriendo, hacer las reestructuraciones oportunas y afinar para el futuro. Estas situaciones menos favorables no son eternas, y muchas veces se pueden sacar buenas conclusiones y salir reforzados para la próxima crisis».
El industrial luso está especialmente preocupado con el precio de los alimentos: «Espero que haya un consenso a nivel mundial para que vuelvan a niveles más razonables. Este no es un problema exclusivo del primer mundo. Al contrario, este problema lo debemos resolver, sobre todo y cuanto antes, en lugares donde ya es un asunto de vida o muerte».