Desde que Víctor Fernández se marchó con la miel en los labios, no he visto jugar al Celta como esa media temporada en Barreiro a su filial. Dos talentos de la casa, cómplices dentro y fuera del césped, y un tipo alto, con aspecto torpe, pescado de la cantera del difunto Oviedo, tuvieron la culpa. Abalo apuñala desde la banda, Iago dibuja el fútbol con una fantasía al alcance de muy pocos y Michu es de esos jugadores que te da la impresión de que podrían jugar de lo que quisiera. Un triángulo que mucho prometía. La pasada temporada debía ser la suya. Dani pisó una laguna en su progresión, atado a una mayor exigencia defensiva, Iago se perdió muchos minutos, fruto quizá de ese carácter que revienta en el momento menos oportuno y Michu pasó a las tinieblas, desconcertado por ese manjar con veneno que el Sporting le plantó en su nariz. El Celta se encomendó esta campaña a un nuevo tridente, que le ayudó a llegar hasta aquí. Y ahora, cuando la hora de la verdad pita en el reloj, aquel triángulo mágico, ha vuelto para devolver la ilusión a la parroquia.