ntre las virtudes y los recursos antideportivos (pérdidas de tiempo y juego duro, con la anuencia de un nefasto arbitraje) del Conquense, y las propias limitaciones de un Lugo disminuido en su esencia (bajas no suplidas debidamente por los sustitutos), el equipo rojiblanco retornó a la frontera de su bajón pretérito inmediato. Incluso el empate ante el Conquense pudo ser un mal menor, si Berodia no cruzase excesivamente un remate envenenado desde dentro del área en el minuto 72. O tampoco, si hemos de ser justos, el empate se habría trocado en triunfo lucense si Ballesteros no siguiese aliado con la madera en su particular maldición. Setién agotó todos los recursos séniores de su corta plantilla, poniendo a Azkorra como enganche con Ballesteros, e intercalando a ambos en ocasiones. Pero el Lugo careció de salida del balón toda la tarde, y se encomendó a los pelotazos de Belfortti y Víctor Marco, en una competencia de desatinos mayúsculos. Azkorra era la referencia para el juego directo, pero estaba huérfano de apoyos, con muy pocos compañeros por delante del balón. Que volvió a ser demasiado sobado atrás, sin buscar nunca la profundidad y abusando patológicamente de los balones retrasados para el desafortunado Escalona, coautor del gol visitante. Ello sólo produjo pánico en los hombres de atrás locales para sacar el cuero, ahogados por la presión del Conquense. Que, además, se constituyó en dueño del balón, por una excelente técnica individual para escondérselo a un desconcertado Lugo. Por eso, una sombra de duda flotó sobre el Ángel Carro, sin querer imaginar la resurrección de viejos fantasmas. Mejor ni pensarlo.