La zaga de cinco ideada por el técnico secó la creatividad espanyolista y aportó dos de los tres tantos
01 nov 2010 . Actualizado a las 13:53 h.Este muerto está muy vivo. El Dépor de Lotina resucitó en el día del Samaín. En Pamplona, donde empezó la reacción, mostró firmeza defensa. Ayer unió a esa virtud la efectividad. En un momento límite, el equipo coruñés ha recuperado sus dos grandes señas de la primera vuelta de la pasada temporada, y hasta aquella manera que tenía de llegar al gol: a balón parado. Así se originaron los tres tantos, dos firmados por los centrales, como antaño. Los jugadores dedicaron el triunfo al cuestionado Lotina, con el que hicieron piña tras el tanto de Lopo, el segundo de la lluviosa tarde-noche. Fue un gesto conmovedor. Y un mensaje al palco y también al entorno, que ya daba por enterrado al míster.
De entrada, el Dépor propuso al Espanyol un partido de altos vuelos, de balones en largo al área sin pasar por el control de calidad del mediocampo. Los catalanes, que empezaron con una propuesta a ras de hierba encabezada por Verdú, entraron a ese juego con el paso de los minutos. No por contagio, sino porque no encontraron otra solución frente a la asentada defensa de cinco del Dépor (en la que destacaba un Colotto imperial por alto), bien apoyada por una presión que empezaba en los delanteros.
Primero, contención
Con colocación y pelea, el Dépor contuvo a un Espanyol que solo creó algo parecido al peligro con inofensivos disparos de larga distancia. En ataque, el conjunto coruñés estuvo más encasquetado que en Pamplona, pues el Espanyol tapió bien las bandas por donde tenían que entrar Manuel Pablo y Rindaroy; por el centro, donde Rubén Pérez podría haber puesto criterio, el balón solo pasaba por alto. Las patadas a seguir de Colotto en busca de la cabeza de Riki y Juan Rodríguez fueron el recurso ofensivo más socorrido del Dépor en esa primera mitad.
Con el choque convertido en un «balón va, balón viene», ocurrió algo típico de la temporada pasada: que el equipo de Lotina marcó en su primera llegada clara y que ese tanto llegó, como en los viejos y triunfales tiempos, a balón parado. Fue un córner que Colotto peleó hasta mandarla al corazón del área, donde la pelota se paseó por los pies de los otros dos centrales y Riki hasta que Adrián, que llevaba más de 18 horas sin marcar, acertó al fin con un trallazo. Por primera vez en la temporada el conjunto blanquiazul se ponía por delante en el marcador. El tanto fue celebrado por Riazor y los jugadores con una enorme liberación de rabia, propia de una final, que es lo que era para el ocupante del banquillo coruñés.
El Dépor pasó a defender ese resultado con el colmillo afilado, y se pudieron ver escenas aun más insólitas que el gol de Adrián, como observar al propio asturiano presionando a los defensas con una intensidad gatussiana o a Rindaroy haciéndole un Lopo a un rival. El Espanyol se fue al descanso sin volverse a acercar por el área, enclaustrado por la presión coruñesa.
Pelota al suelo
En la segunda mitad, el Espanyol devolvió la pelota al suelo. Los cuatro de arriba de Pochettino se asociaron cerca del área deportista. El Dépor retrasó la zaga unos metros por puro instinto defensivo y se tomó un respiro en la presión. Pero al Espanyol le faltaba profundidad; sus acciones morían en faltas laterales, que la defensa deportivistas se sacaba de encima a cabezazos. El Dépor solo sufría por la izquierda, donde Dátolo ponía en jaque a Seoane, que entró tras el descanso por el tocado Rindaroy. Así que el ourensano se creció, también esa vía quedó tapada.
El Espanyol jugaba donde los de Lotina querían, lejos de la portería. Como no inquietaba, se empezó a desesperar y pasó a atacar con casi todo, dejando huecos atrás, ideales para responder con contras. El Dépor supo ver esas vías libres, y las exploró a fondo, especialmente con la profundidad de Saúl y Adrián, que mezclaron muy bien. Memorable fue un eslalon del asturiano, que arrancó en su campo y culminó en el área con un disparo que se fue por una cuarta.
Entró la siguiente. Al saque de un córner volvió a aparecer Colotto, que centró rasó para Lopo, que disparó desde cerca con toda la rabia acumulada en semanas. Fue gol. El catalán levantó la mano y señaló al banquillo, adonde se acercó seguido por sus compañeros para fundirse en un abrazo a 22 manos con el míster. Ya liberado de la presión, el Dépor firmó sus mejores minutos de la temporada, culminados con un voleón de Colotto, otro central, al saque de una falta botada por Pablo Álvarez.
Y Riazor respiró al fin. Había visto a un equipo intenso, solidario, efectivo, competitivo. El Dépor de Lotina ha vuelto.