Morderse las uñas, procrastinar o comer en exceso: el cerebro utiliza pequeños daños autoinfligidos para prevenir otros mayores

La Voz de la Salud

SALUD MENTAL

El cerebro utiliza atiborrarse de comida como una dosis protectora frente a una amenza mayor, como por ejemplo, un fracaso o rechazo.
El cerebro utiliza atiborrarse de comida como una dosis protectora frente a una amenza mayor, como por ejemplo, un fracaso o rechazo. Doucefleur | iStock

Prefiere la certeza de una amenaza conocida y controlada a afrontar la posibilidad de una desconocida y fuera de control, según apunta un análisis psicológico

07 ene 2026 . Actualizado a las 11:50 h.

El cerebro utiliza pequeños daños autoinfligidos como dosis protectora para prevenir daños mayores. Así, comportamientos de autolesión y autosabotaje, como pellizcarse la piel o incluso desaparecer de la vida de otras personas (más conocido por su traducción en inglés, ghosting), se originan en mecanismos de supervivencia evolutivos. Son las conclusiones a las que ha llegado el psicólogo clínico e investigador británico Charlie Heriot-Maitland, en su nuevo libro Controlled Explosions in Mental Health (Routledge, 2026), donde expone las bases biológicas que tienen algunos de nuestros comportamientos dañinos. 

Heriot-Maitland sugiere una táctica evolutiva basada en «más vale prevenir que lamentar». Así, alguien puede posponer el inicio de un proyecto, lo que causa un daño, pero intenta prevenir uno de mayor importancia, como el fracaso. Otro ejemplo: incluso cuando alguien no nos odia realmente, podríamos evitarlo de todos modos en lugar de enfrentarnos a un posible rechazo aún mayor. Y otro típico: aunque sabemos que no es sensato comer una bolsa de chocolates o que no es beneficiosa para nuestra salud la comida basura, recurrimos a ella de todos. El experto argumenta que, si bien estos comportamientos parecer que no son intuitivos, el cerebro los utiliza como dosis protectora para prevenir daños mayores.

Este mecanismo de protección funciona según un principio fundamental: el cerebro prefiere la certeza de una amenaza conocida y controlada a afrontar la posibilidad de una desconocida y fuera de control. «Es una máquina de supervivencia. No está programado para optimizar nuestra felicidad o bienestar, sino para mantenernos vivos. Necesita que existamos en un mundo predecible. No le gustan las sorpresas. No quiere que nos veamos sorprendidos», explica el psicólogo.

«Estar expuestos a amenazas y peligros ya es lo suficientemente malo, pero el estado más vulnerable para los humanos es estar expuestos a amenazas impredecibles. Nuestro cerebro no puede permitir esto y actúa para ofrecernos versiones más controladas y predecibles de la amenaza. Prefiere que seamos nosotros quienes manejemos nuestra propia caída antes de arriesgarnos a ser derribados por algo externo. Prefiere que estemos entrenados para enfrentar hostilidad autoinfligida que arriesgarnos a estar desprevenidos ante la hostilidad de otros», añade Heriot-Maitland.

La ciencia detrás de esta teoría se basa en cómo evolucionó el cerebro humano, diseñado principalmente para la supervivencia y no para la felicidad. Y ahí recae una de las problemáticas. Aunque estamos programados para detectar peligros en todas partes, ayudándonos a sobrevivir como especie, a día de hoy esto significa que los seres humanos somos especialmente sensibles a cualquier daño, ya sea físico o emocional. 

Perfeccionismo, autocrítica y procrastinación

Entre los comportamientos comunes de autosabotaje se incluyen la autocrítica, la procrastinación y el perfeccionismo. Este último funciona de manera similar a la procrastinación, pero mediante mecanismos distintos: mientras la procrastinación desvía la atención de las tareas, el perfeccionismo puede mostrar una gran concentración y atención al detalle con la esperanza de no cometer errores, pero esto expone al estrés y agotamiento. Por otro lado, la autocrítica representa otra forma de autosabotaje, ya sea intentando mejorar uno mismo o culpándose para generar sensación de control.

Un problema de los comportamientos de autosabotaje es que con frecuencia se convierten en profecías autocumplidas. «Si creemos que no somos buenos en algo, quizá no demos lo mejor de nosotros y terminemos rindiendo peor de lo que habríamos hecho si hubiéramos tenido otra expectativa. O si creemos que alguien no nos aprecia y lo evitamos, nuestro miedo al rechazo puede impedir que desarrollemos una relación», explica.

Incluso si se reconoce que estos comportamientos no son útiles, abordarlos requiere primero comprender su función protectora, en lugar de simplemente intentar eliminarlos. Usando la metáfora de los comportamientos autosaboteadores como explosiones controladas, explica: «El escuadrón antibombas no son nuestros enemigos. Están protegiendo algo grande, herido, doloroso. En muchos casos, puede estar ligado a una experiencia de vida difícil: una amenaza, un trauma o una tragedia. Las explosiones controladas nos hacen daño, pero tampoco debemos perder eso de vista».

Cómo salir del autosabotaje

La manera de salir del círculo de autosabotaje no es mediante una mayor autocrítica, que complica las vías neuronales desgastadas, sino mediante la autocompasión. Para aprovechar la neuroplasticidad del cerebro y aprender hábitos nuevos y menos dañinos, las personas deben elegir deliberadamente reconocer y comprender primero el comportamiento: «Inculcar estas motivaciones compasivas en un proceso como este no es algo que se da por sentado. Requiere tiempo, esfuerzo e intencionalidad», argumenta.

Finalmente, el psicólogo sugiere que comprender la base evolutiva del autosabotaje también ofrece la oportunidad de reconocer la función protectora que cumple y, al mismo tiempo, abordar el daño que ha causado, sin juzgar. «No queremos combatir estos comportamientos, pero tampoco queremos apaciguarlos y permitir que sigan controlando, dictando y saboteando nuestras vidas. Tenemos opciones», concluye.