Cuando el regente Cardenal Cisneros fundó la universidad de Alcalá de Henares allá por el año 1499, lo hizo con un doble objetivo: unificar la tradición universitaria de París y Salamanca, con las más modernas de Bolonia y Lovaina. La dicotomía le salió redonda, porque en ese proyecto descansó el siglo de oro español de la cultura. En plena vigencia de la supremacía del fútbol español, cualquier proyecto de mimetismo de la misma merece el aplauso. El Lugo se presentó con la humildad de un aspirante en Alcalá, dispuesto, eso sí, a mostrar ambición. Sin complejos, atrevido, y seguro de sí mismo. Lo logró en un ochenta por ciento, porque le faltó el remate para rubricar una actuación redonda. El fútbol se rige por unos parámetros antagónicos al boxeo. Puedes bordarlo, ejercer un dominio aplastante en todas las facetas, pero si la eficacia no se corresponde con todas las virtudes anteriores, el rival puede acabar subiéndose a tus barbas e incluso superarte en el marcador si aprovecha sus oportunidades. El Lugo ofreció todo eso ayer en Alcalá en un primer tiempo primoroso, dando una lección magistral de juego, presión, apoyos y ayudas que le permitieron ser el dueño exclusivo del balón. Pero entre el meta Juanchu, los postes y la escasa puntería de los jugadores rojiblancos, se llegó al descanso con la escuálida renta del gol de Tornero, el mejor jugador de lejos sobre el campo. El Alcalá apenas pasó del centro, pero salió vivo de milagro. Y este pudo producirse al final, si un despeje defectuoso de Escalona al saque de la enésima falta frontal padecida por los lucenses en el último tramo, no es despejada in extremis por Víctor Marco. Que, con Pablo Ruiz, redondearon un partido perfecto en el centro de la zaga lucense. La eficacia que le faltó a los de Setién arriba, la tuvieron atrás y de ahí la rentabilidad del gol de Tornero en un partido que debió acabar con goleada visitante y finiquitó con sufrimiento innecesario. El Lugo ya está arriba e invita a soñar, siempre que no se repita el guión del pasado reciente.