Soderling, principio y fin de un viaje del infierno al cielo

Paulo Alonso Lois
Paulo Alonso REDACCIÓN/LA VOZ.

DEPORTES

En la pista donde cayó hace un año, Nadal logra ahora el «grand slam rojo» de tierra y se acerca al récord de Borg en París

07 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

El círculo se cierra, los fantasmas quedan enterrados y el tenis gira de nuevo alrededor de Rafa Nadal. Abatido una tarde gris de mayo del 2009 por Robin Soderling en su pista fetiche, la Philippe Chatrier, la central de Roland Garros, ayer pasó capítulo definitivamente a un año duro. Había recuperado su tenis hace tiempo, pero el título en París, en la misma pista, cierra y abre de forma simbólica dos etapas. Ayer recuperó el número uno mundial, de nuevo dando el relevo al más grande, a Roger Federer. Y lloró de alegría tras tanto sufrimiento.

Tocado y recuperado ya varias veces antes, algo se rompió en el equilibrio de Rafa Nadal en la primavera del 2009. Separados sus padres, machacadas sus rodillas y con el público de París pidiendo sangre, perdió en octavos contra Robin Soderling. Su cabeza explotó, tal como él mismo reconoció, autoexigido a un calendario infernal, peligroso a la larga para su cuerpo, su tenis y su hoja de servicios.

Aquellos excesos (Davis, Montecarlo, Roma, Barcelona, Madrid y París casi sin descanso) trajeron esta crisis. Se perdió los torneos de Queen's, Wimbledon, una eliminatoria con España... Reapareció y se volvió a romper. Jugó el US Open con el abdominal lesionado, sacando a media gas. Llegó a semifinales y perdió ante el juego despiadado de Juan Martín Del Potro. Aquello le daba resultados para hoy, problemas para mañana. Las molestias mermaron su fortaleza mental, su gran arma. Perdió la confianza y entró en un bucle perverso. No ganaba porque le faltaba fe, y no la encontraba porque no tenía victorias contra los diez primeros. Quizá toco fondo en el torneo de maestros de Londres, que abandonó sin triunfo alguno. Paró un par de días y disfrutó con España del título de la Davis. Luego pudo recupererar al fin su cuerpo y reconstruir el resto.

Desde enero, jugó a un nivel magnífico. Pero perdió la final de Doha ante Davydenko y en Australia se encontró con la mejor vesión de Andy Murray. De nuevo chirriaron sus rodillas, pero evitó errores anteriores. Paró de verdad, dijo no primero a la Davis y luego al trofeo Conde de Godó, hoy ya un objetivo menor para una raqueta de su peso.

Resistió como pocos en la gira americana de primavera. Fue semifinalista en Indian Wells y Miami. Pero no tenía títulos y seguían faltando triunfos ante la nobleza del tenis mundial. Hasta que llegó la tierra, su hábitat, y se desató el mejor Nadal. Incluso con un servicio no potente, pero sí incomodísimo, gracias a la vuelta de la confianza. Viajó por Montecarlo, Roma, Madrid y París con algún altibajo, pero siempre competitivo, cómodo, inteligente. Después de 22 victorias seguidas en arcilla este año, consigue su cuarto título sobre su superficie favorita, y solo se encuentran dos sets perdidos en toda la gira.

Tal es su dominio, que inventa nuevos retos. Nunca había ganado nadie los cuatro grandes torneos de tierra, los tres Masters 1.000 (Montecarlo, Roma y Madrid, que sustituyó a Hamburgo el año pasado) y el major de arcilla (Roland Garros). Con Nadal nace el grand slam rojo .

Su pentacampeonato en París le sitúa por delante de uno de los cuatro mosqueteros históricos que dan nombre a la copa de Roland Garros, Henri Cochet, que suma cuatro títulos (1926, 28, 30, 32) y le dejan a uno del récord absoluto del sueco Bjorn Borg (1974-75, 1978-81).

Consigue su segundo Roland Garros sin ceder un solo set, como en el 2008, algo que solo lograron antes Ilie Nastase (1973) y Björn Borg (1978 y 1980). Con los resultados en la mano, el español ya vive su mejor temporada. El inicio del 2009 ya está superado. Ahora, su siguiente reto pasa por igualar los grandes éxitos del 2008, cuando al título en Roland Garros le siguieron los de Queen's, Wimbledon, Toronto y los Juegos Olímpicos de Pekín. ¿Alguien se atreve a apostar en su contra?