Guardiola pide a los jugadores fortaleza mental en la Liga mientras las críticas al sueco monopolizan la resaca
30 abr 2010 . Actualizado a las 02:45 h.Al Barça le ha venido bien el acoso del Madrid en la Liga para no hacer un drama de su eliminación en la semifinal de la Liga de Campeones ante el ultradefensivo Inter de Mourinho. «Nos tenemos que levantar», dijo Pep Guardiola tras el encuentro, recordando que el sábado solo vale ganar en Villarreal para mantener la ventaja sobre el conjunto blanco. Se ha escapado un título, pero queda el más valorado por los entrenadores: el del campeonato de la regularidad. Como mensaje coló y sus jugadores, bien aleccionados, lo repitieron a los medios de comunicación en las entrañas de un Camp Nou que se había vestido para una gran fiesta, pero en el que comenzaba a vivirse una mala resaca. Pero una cosa son las palabras, y otra, las sensaciones.
Guardiola no pudo disimular la enorme decepción que le supuso no haber clasificado al Barça para la final del Santiago Bernabéu. Se le vio muy tocado. Quizás por haber caído en la trampa táctica del maquiavélico Mourinho, para quien el fin justifica los medios. Pero puede que su estado anímico se debiera a que en el fondo sabe que no fue coherente con sus ideas al elaborar la alineación.
A estas alturas de la temporada ya es evidente que el perfil futbolístico de Ibrahimovic es lo más opuesto al del 9 que necesita un sistema de juego como el del Barça. El sueco es un extraordinario delantero, pero en el equipo azulgrana sufre y hace sufrir. Curiosamente, Johan Cruyff, presidente de honor del club, con ese don del oportunismo que lo caracteriza, comentó horas antes del choque en un diario holandés que «tiene buena técnica para un mal jugador, pero mala técnica para un buen jugador». Hay datos y reacciones que invitan a pensar que Guardiola dejó de creer en él hace meses, pero no se atrevió a dejarle en el banquillo en la eliminatoria ante el Inter pese a que el equipo había reencontrado su esencia con Messi jugando de falso 9. La desconexión mental de Henry no le dio demasiadas opciones. En el Giuseppe Meazza, Ibrahimovic fue el primer cambio en el minuto 60, ya con 3-1. Abidal entró por él para que Messi centrara su posición y Piqué acabara jugando de delantero centro. Y en el Camp Nou tampoco acabó el partido. Lo sustituyó Bojan y otra vez el central subió al ataque, por cierto, con un gol y con mejores movimientos en los dos partidos que Ibra.
Con el sueco, muy estático, el juego azulgrana se ralentiza, se vuelve previsible.
El «feeling» con Eto'o
La vuelta ante el Inter era la gran oportunidad de Ibrahimovic para despejar todas las dudas sobre sus características futbolísticas. Y no la aprovechó. Al resto se le podía permitir un mal día, en especial a Messi, que lleva 20 meses de exhibiciones, pero a él no.
La afición acabó desencantada con sus prestaciones y fue la diana preferida en las horas posteriores al encuentro. Pero Ibrahimovic no es el culpable porque él siempre jugó así. La culpa es de los que creyeron que su estilo tenía cabida en el Barça; de Guardiola, si le eligió o si tragó con él por imposición de Laporta, que vio la operación como la salvación al caso Eto'o.