El Deportivo cierra por vacaciones

Rubén Ventureira

DEPORTES

El conjunto de Lillo monopolizó el balón y dispuso de un ramillete de ocasiones, pero para ganar le faltó pegada

19 abr 2010 . Actualizado a las 21:18 h.

Riazor despidió a su equipo en la primera mitad con tímidos pitos. Un castigo inmerecido: lo justo habría sido una bronca. Esa sonó al final. Los jugadores saludaron desde el tercio de Riazor y se llevaron la mayor pitada de las dos últimas temporadas. Las lesiones, esa epidemia ¿inexplicable?, y que varios pilares estén pagando el sobreesfuerzo de la primera vuelta han desinflado a una escuadra que llegó a soñar con la Champions y ahora duerme de pie en el césped.

Solo la falta de pegada del Almería evitó que un Dépor vacacional saliese ayer goleado. El conjunto andaluz fue un gato sin uñas. Tuvo el balón, criterio para moverlo, juego interior y exterior, y una catarata de llegadas. Pero resultó «un equipo ofensivo inofensivo», según resumió Lillo al final. Siguiendo el juego al de Tolosa, el Dépor fue un equipo defensivo inofensivo, que vivió el partido pertrechado en torno a su área, como si viniese con inercia del Camp Nou. El de Lotina fue un equipo sin. Sin chispa, sin llegada, sin presión, y, por supuesto, sin fútbol. No es de Lillo, aunque podría serlo, aquello de que el fútbol es un estado de ánimo. Cuando lo tienes bajo (sea por tanta lesión, sea porque se ha quedado sin objetivos, o por los dos motivos) tu juego es pura melancolía. En ese estado comparecieron los de casa, que solo lograron salir del estado depresivo cuando Riki se arrancó en carrera o cuando Raúl corrió la banda.

A impulsos

El Dépor jugó a golpe de impulsos individuales. En ataque nunca tuvo un plan: su organizador con más criterio fue Aranzubia. Se aferró al fútbol directo porque el combinativo requiere un despliegue físico, y a este Dépor le falta aliento, especialmente en mediocampo: Antonio Tomás, Sergio y Juan Rodríguez andan justos de oxígeno. Para colmo, el único deportivista que rompe de vez en cuando por banda, Guardado, se fue lesionado antes del cuarto de hora. Lo sustituyó Iván, que quiere hacer muchas cosas en poco tiempo, y se aturulla.

El Almería se pasó el partido merodeando el área. Desplegado con un 4-3-3, el Dépor fue extremadamente honrado con su rival: no le robó un balón. Dejó que los de Lillo monopolizasen la pelota y se la hiciesen llegar a sus dos extremos, Piatti y Crusat, que se asociaron entre ellos y con Uche, el delantero centro. La escuadra de Lotina, con tres suplentes en la defensa y un mediocampo de titulares desfondados, no pudo contener al rival. Ya solo en la primera mitad Piatti (en dos ocasiones) Uche (en un par) y Soriano (en una) opositaron al gol, pero a este Almería le cuesta no ya marcar, si no tirar por dentro.

El Dépor fue incluso a peor en el segundo acto. A todos los defectos del primero unió un toque humorístico: pases al rival, disparos a la torre de Maratón, controles de juvenil y hasta caídas charlotescas, como la de Juan Rodríguez cuando se iba solo hacia Dani Alves. El Almería las falló de todos los colores: Aranzubia metió una mano prodigiosa a cabezazo de Piatti, Sergio sacó bajo los palos un remate de Uche y Zé Castro hizo lo propio tras un disparo de Piatti, aunque ya al final el luso se comió un balón con aroma a gol que el amigo Uche remató fuera.

Valerón, al que Lotina dio entrada por Sergio, tampoco obró el milagro. En realidad, el milagro fue otro: que el Almería se fuese sin marcar de Riazor.