La madre de Bernard Bass, un joven de Guinea-Bissau, vendió la casa para financiar el billete de su hijo a Europa. Al mismo tiempo, sus hermanos de doce años tuvieron que trabajar con el mismo fin: que Bernard, extraordinario futbolista, cumpliese su sueño de ser evaluado por el Metz de la Liga francesa. El sueño comenzó con la pesadilla de un viaje en barca entre Senegal y Tenerife. Alcanzada la Península, consiguió llegar a Metz. «Pero allí nadie sabía de mis pruebas y amenazaron con llamar a la policía», explica Bass, quien se cambió de nombre para probar fortuna con los juveniles de otros dos equipos franceses. Hoy sobrevive en un suburbio parisino. «Ni siquiera puedo mandar diez euros a mi familia», se lamenta.
Abdominales en Bangkok
Pheerapoon tiene once años y dos costillas rotas. No ha sido jugando, sino boxeando sobre la lona de un ring mientras a su alrededor miles de billetes con olor a apuesta se movían entre manos adultas. Por cada victoria, este niño de Bangkok recibe seis euros, una cantidad que su padre justifica incluso cuando a su vástago le rompen el peroné. No hay tiempo para jugar con otros niños. «Debe entrenarse duro», repite el progenitor, propietario de un puesto callejero de refrescos. Para Pheerapoon lo más parecido a jugar son los quinientos abdominales con que suda cada día. Su cuerpo es tan menudo que debe compensar con agilidad el mayor volumen de sus rivales. Cuanto más difícil es su contrincante, más arriesga. «Porque si gano hago ganar más dinero en las apuestas y me dan algo más para animarme»,dice. Por supuesto, todo lo recauda el bolsillo paterno.
Promesa incumplida en China
El Estado chino le propuso un trato a Zou Chunlan: dedicarse a ganar medallas en levantamiento de pesas a cambio de tener todas las necesidades cubiertas una vez jubilada del deporte. La joven Chunlan tuvo que dejar el colegio -hoy no sabe leer ni escribir-, para entrenarse una gran cantidad de horas. Ganó cinco títulos nacionales y, cuando llegó el fin de su carrera, el Estado olvidó su promesa y Zou tuvo que trabajar en mercados, cargar sacos o dar masajes para sobrevivir. Además, los esteroides que le obligaban a tomar le provocaron infertilidad.
Muerte con 22 kilos
La gimnasia y la anorexia han ido de la mano en más de una ocasión. Uno de los casos más dramáticos fue el de la estadounidense Christy Henrich, quien se retiró a los 18 años sin conquistar ninguna medalla. En su muerte se dio una dramática casualidad numérica: falleció a los 22 años pesando 22 kilos.