En apenas tres años, se han derribado el 90% de las chabolas
16 feb 2011 . Actualizado a las 21:49 h.Apenas veinte chabolas resisten la acción de las palas en el poblado de Penamoa. Hace tres años, cuando se diseñó el plan de desmantelamiento del poblado, más de doscientas familias habitaban la zona. Habían pasado ya tres décadas del momento en el que los chabolistas desalojados del centro de la ciudad peregrinaron hasta allí para establecerse. Con el tiempo, el lugar se convirtió en el dispensario de droga de la ciudad, un territorio comanche en el que ninguna Administración parecía dispuesta a meter mano. Desalojarlos a corto plazo parecía una misión imposible. Pero el Ayuntamiento se encontró con un empujón inestimable en forma de tercera ronda. El trazado de la nueva circunvalación urbana dividía en dos el poblado y forzó a acelerar las demoliciones para permitir el paso de la vía. Tres años después de empezar a aplicar el plan, Penamoa se ha quedado en un esqueleto. Escombros, neumáticos y jeringuillas reciben a los visitantes que acceden al poblado por la carretera de la Cala Dea. En la zona sur del poblado apenas quedan tres chabolas. Las palas han barrido los antiguos barracones municipales, que dominaban esta parte del asentamiento. Hoy, quedan más perros que personas. Explican en el departamento de Servicios Sociales que muchas de las chabolas que aún resisten están deshabitadas. Sus anteriores ocupantes han aceptado el realojo y solo queda que un juez avale la demolición. Los más beligerantes, dicen, son los que hace años que no viven en la zona pero siguen acudiendo a diario a unas chabolas que han convertido en la sede social de un negocio al que le conviene estar cuanto más apartado mejor. Por eso, cada día, a media mañana, la actividad vuelve a Penamoa. Una hilera de clientes esperan en el arcén de la tercera ronda mientras un coche de la policía patrulla la zona. La familiaridad de algunos agentes con los habitantes y los visitantes, a los que conocen desde hace años, no implica que la vigilancia se relaje. El tráfico de drogas, explican, solo se erradicará cuando caigan las últimas chabolas. Mientras tanto, la presencia policial sigue alterando la vida en Penamoa. Se encienden fuegos, se quema lo que hay que esconder y quien acude a comprar remolonea por zonas que no invitan precisamente al paseo. A pesar de eso, explican desde Servicios Sociales, hay quien sigue subiendo todos los días a visitar el poblado en el que vivió durante 30 años. Y alguno, aún espera que siga en pie: «Me han dicho que se va a empezar a construir de nuevo», interpela uno de los antiguos habitantes, ya desalojado, a un agente. «Que no lo engañen, aquí solo estamos esperando a que el juez lo autorice para tirar todo».