Pasado el susto inicial y casi una hora después del suceso, a José Ramón Suárez todavía se le veía en la cara la perplejidad por lo ocurrido. Él conducía uno de los coches que ayer tarde flotaron a la deriva sobre el paseo. Paralizado más que tranquilo, al lado de su Citroën aseguraba que «o banco veume encima voando; vin como viña voando». Pasados unos minutos de las seis de la tarde, circulaba en dirección al estadio de Riazor y, según relató, vio «levantarse» el mar. «Hasta acelerei un pouco a ver si me podía librar e protexer cos outros coches, pero xa non houbo forma».
José Ramón no sufrió heridas, pero su automóvil fue el que más daños registró y, de hecho, permaneció donde encalló tras la marea hasta tiempo después, cuando sus otros dos compañeros de agitada travesía -el Peugeot 407 y el BMW- ya habían abandonado el lugar.
Una embarazada y un niño
No sin menos temor en el cuerpo, a bordo del último vehículo la acompañante declinaba realizar declaraciones y tan solo se limitaba a confirmar que no sufrían heridas: «No, no ha sido más que el susto, ¿os parece poco?», decía.
En la escena del suceso, todavía alterado, estaba el ciudadano portugués Bernardino Salgueiro, uno de los que, desde la entrada de Rubine, se apuró a socorrer a una de las mujeres sorprendidas por la ola que sobrepasó la balaustrada: «Estaba presa pola perna -comentó- e dous rapaces e máis eu levantamos o anaco do banco para quitala».
La sorpresa también fue mayúscula para los empleados del aparcamiento subterráneo que discurre bajo el paseo, que recogió los miles de litros de agua y arena que el mar vomitó sobre la carretera.
«Estábamos abajo -contó Rafael Castelo- y empezó a entrar agua, pensamos que era una tubería que se había roto y decidimos subir, pero cuando llegamos arriba...». Con él, estaba su compañero, Luis García Botana, y juntos echaron mano a la gente de los coches que prácticamente fueron a parar arrastrados por las olas contra la isleta del propio párking.
«El señor del BMW decía 'échame una mano, ayúdame a sacarla, que ella está embarazada', creo que con los nervios no eran capaces ni de salir», relataba Rafael Castelo, todavía expectante por el movimiento que aún se vivía en la superficie.
«Sacadlo de aquí»
«En el otro coche, el Peugeot, iba en la parte de atrás un niño de unos diez u once años, y cuando llegamos arriba la madre pedía casi gritando 'sacadlo de aquí, sacadlo de aquí; el niño estaba bastante tranquilo», apuntó Luis.
Los coches quedaron cruzados sobre la calzada y el agua, según los testigos, superó en un momento la altura de las ruedas. La impetuosa ola convirtió por unos instantes la calle en laguna e hizo casi imposible atravesar desde la acera de enfrente, situada a unos cuarenta metros de distancia de la balaustrada, sin mojarse hasta el muslo. La fuga de mar desaguó, después, por la boca del párking.