«Siempre seré el hijo y el nieto de los boticarios»

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Ha triunfado como compositor de bandas sonoras, pero asegura que le llena de orgullo que en Carballo, donde nació su vocación musical, le recuerden por la farmacia Moure

14 dic 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

El título de la penúltima película en la que ha participado como compositor de su banda sonora, Retornos , le viene como anillo al dedo. Después de 20 años residiendo fuera de Galicia, primero en Barcelona y después en Madrid, el compositor carballés Sergio Moure de Oteyza vuelve a sus orígenes. Se ha mudado a A Coruña, pero aprovecha cualquier ocasión para regresar a Carballo, el lugar en el que pasó sus primeros doce años de vida y donde, asegura, fue «inmensamente feliz». «Fue una época que me marcó mucho, una etapa preciosa de la que todavía conservo grandes amigos a los que, aunque estuviese fuera, siempre he venido a visitar», asegura.

En Carballo, Sergio Moure no es el autor que a punto estuvo de ganar un Goya por su primer trabajo cinematográfico, Inconscientes (2004), sino el nieto y el hijo de los boticarios, un cargo que él reconoce y ostenta feliz. Muestra de ello es lo ocurrido hace cinco años, cuando Sergio y el equipo de Vaca Films se desplazaron hasta Bergantiños para estrenar, por todo lo alto, la película Cargo , protagonizada por Luis Tosar. El autor de la banda sonora llegó a Carballo, como el resto del equipo, a bordo de una limusina -«nunca me sentí tan ridículo en mi vida», dice riéndose-, pero el público apenas se inmutó cuando el alcalde anunció su nombre. «Todo el mundo me miraba como si fuese un extraterrestre, hasta que Evencio dijo: 'Es el hijo de Suso Moure'. Fue entonces cuando el público empezó a aplaudir. En Carballo seré siempre el hijo de Suso Moure y el nieto de Jesús Moure y eso es un orgullo», asegura.

Tradición familiar

A pesar de que la tradición familiar y de la insistencia de su padre, Sergio nunca quiso dedicarse a la farmacia. Siempre, asegura, tuvo clara su vocación musical. «Desde muy pequeño tuve claro que quería ser compositor. Fue una vocación muy temprana y a los ocho años ya estaba preocupadísimo porque pensaba que si no me dedicaba a la música sería un desgraciado. Uno de mis grandes defectos ha sido siempre la impaciencia y a los ocho años me desesperaba, porque ya decía que quería ser un compositor famoso. Tenía tal obsesión que mi padre incluso pensó en llevarme a un psicólogo», recuerda.

La oposición paterna, sin embargo, no duró mucho: «A mi padre, al principio, no le hacía mucha gracia y decía que la música era solo un hobby, pero pronto se dio cuenta de que yo iba en serio y me apoyó muchísimo. Ahora entiendo su reacción, porque si alguna de mis hijas me dicen un día que quieren dedicarse a esto se me pondrán los pelos de punta, porque es un mundo muy difícil».

El año pasado, Sergio Moure estrenó su primera sinfonía, Admónitum , una obra en la que Carballo también está muy presente. «Es una obra autobiográfica, pero eso es inevitable, porque cuando compones a tu libre albedrío es muy difícil no implicarse emocionalmente», explica. De esa infancia, además de a los grandes amigos -«Alfonso, Marcos Fraga y yo íbamos juntos a todas partes», recuerda- también conserva las tardes en la rebotica de su abuelo -«repleta de animales disecados»- o las veces que madrugó para acompañarlo al monte. «Mi abuelo salía los fines de semana, muy temprano, a las cinco o a las seis de la mañana, a recoger setas o hierbas con las que después hacía los medicamentos. Recuerdo que una vez, estando enfermo, no sé si de escarlatina o rubeola, mi abuelo llegó a casa con una pomada que había hecho él. Tenía un trabajo muy creativo e incluso poético», asegura.

De Carballo, añade, también recuerda con cariño las fiestas de San Xoán: «Eran increíbles, podíamos estar todo el día por ahí, jugando sin ningún control, o andando en bicicleta, y, además, significaba que ya empezaban el verano y las vacaciones». El San Xoán fue, además, el responsable de su vocación musical, porque gracias a las fiestas logró su primera guitarra. «Era una guitarra pequeñita que le tocó a mi padre en la tómbola. Él pensaba que me cansaría pronto de ella, pero no fue así», cuenta. Con ella compuso su primer tema, que ya no recuerda y con ella tocaba junto a Marcos Fraga, su gran amigo. «A los dos nos gustaba muchísimo la música, pero él ahora es mucho más pop que yo», explica riéndose.

De pequeño, añade, siempre le gustaron las artes, desde la pintura, a la danza, que también practicó, y reconoce que era «un negado» para las matemáticas y para la física. «Pueden constatarlo mis compañeros de la Leus o del Bergantiños, con los que iba en bicicleta hasta Razo o Malpica, yo rayaba la necedad con los números. Era un niño absolutamente de letras», dice.