La calma imperó durante toda la jornada debido a que no se produjeron descargas de bivalvo de industria
21 ago 2008 . Actualizado a las 02:00 h.A no ser que se celebre la Festa do Mexillón, es difícil que el aparcamiento escasee en la explanada -grande como un día sin pan- que hay en el puerto de Cabo de Cruz. Por eso, al mediodía de ayer, cuando para dejar el coche en el muelle había que vérselas y deseárselas, a nadie se le escapaba que algo raro pasaba. «Nin que hoxe fora a festa», decía un jubilado de los que merodean a diario por la zona. Se equivocaba. El revuelo, paradójicamente, tenía que ver con el mismo mejillón que el fin de semana atrajo a miles de festeiros a la localidad, pero ayer las cosas no estaban para bromas: Cabo daba el relevo a Vilaxoán como epicentro del conflicto bateeiro.
A primera hora, los mejilloneros habían acudido a Vilaxoán. Pero pronto decidieron que tocaba cruzar la ría y, al mediodía, ya se contaban por centenares en el muelle de Cabo. No había tensión. Pero tampoco calma chicha. Y se necesitaba pegar mucho la oreja para averiguar a qué se debía que bateeiros llegados de O Grove, A Illa, Vilaxoán, Vilanova y, por supuesto, de toda Barbanza se reuniesen en Cabo de Cruz.
Demostración
Porque, en teoría, la razón del desembarco en el muelle boirense tenía que ver con el temor a que Virxe do Rosario y, sobre todo Arousa Norte, las agrupaciones que se mantienen al margen del paro en las extracciones del mejillón para industria, hiciesen descargas imprevistas. Sin embargo, en las conversaciones de los manifestantes se acababan colando los verdaderos propósitos: «Hoxe é case imposible que descarguen, non o van facer porque saben que estamos nos peiraos para impedilo, pero nós temos que facer ver que estamos unidos, que somos moitos e que non nos imos render», se oía a un muchacho.
Enorme corro
Debió de ser el afán de dar sensación de unidad en un sector castigado por continuas guerras civiles el que hizo que no se necesitase micrófono alguno para que, en cuestión de minutos, pasase de haber un muelle con centenares de bateeiros desperdigados a un puerto donde los mejilloneros hacían piña y mantenían un férreo silencio alrededor de un hombre.
El que estaba en el centro era Olimpio Castelo, un mejillonero de Cabo bien curtido en las batallas del sector. Antes de entrar en el meollo de la cuestión, se curó en salud. Dijo que él solo hablaba como afectado y que no representaba a Pladimega: «Esta es una concentración espontánea, aquí no nos mandó venir nadie, ¿vosotros veis que estén aquí los directivos de Pladimega?», indicó, en un intento por desvincular la plataforma creada de la presencia de los piqueteros en los muelles. Luego, habló con autoridad y pasión.
Así, dijo: «Nacimos en esto, vivimos de esto y queremos morir en esto. No entendemos que gente que no trabaja en las bateas pero manda en ellas nos amenace, solo buscamos nuestra supervivencia como sector y que el mejillón tenga un precio digno».
Aparentemente, sus palabras, que remataron con un sonoro aplauso, tenían fácil lectura. Pero los que le escuchaban sabían que alguna trastienda traían. De la persona que hablaba Castelo era de Manuel Franco, líder de la federación Arousa Norte. Y, en aquel momento, casi todo el mundo estaba en el ajo de que, una vez rematada la concentración, algunos bateeiros se plantarían en Aguiño, delante del banco donde trabaja esta persona.
Hacia Aguiño
Así, poco a poco, fueron detectándose bajas en Cabo. «Imos para a casa», era la contraseña para partir hacia Aguiño. Al poco rato, la tensión imperaba delante de un banco de la parroquia ribeirense. Pero solo cinco minutos después la algarada se disolvía y los bateeiros ponían rumbo a sus puertos. ¿Hasta cuándo? Esa era la gran pregunta ayer a última hora. Más información sobre la crisis bateeira en la página 27 ( sección de Marítima).