El miedo al contagio provoca un cambio en los hábitos sociales de los mexicanos
02 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Hasta hace algo más de una semana, las once de la noche era hora de dormir en México. Sin embargo, desde que el jueves 23 de abril el secretario de Salud del Gobierno compareció una hora antes de la medianoche y declaró suspendidas las clases en el Distrito Federal, no solo los hábitos de sueño, sino todo lo demás, ha cambiado en este país. El responsable: el H1N1, un virus con nombre de robot galáctico. Marisela Anguiano nació hace 27 años en el Distrito Federal. En su trabajo como gerente de una empresa cosmética de venta directa, Marisela recorre el D.?F. diariamente y esto la lleva a visitar algunas de las colonias más ricas de la ciudad (Polanco) u otras mucho más deprimidas y, a veces, peligrosas (Argentina, Pensil, Anáhuac). Desde hace una semana ha visto cómo algunas de sus clientas más pudientes han desaparecido de la ciudad, «se han ido a Cuernavaca o han volado a Brasil», y cómo las más humildes apenas abren, con susto y tapabocas para recibir la revista de productos que ella les entrega. Ni se besan ni se saludan con la mano. Mucho menos hacerla pasar a casa, como antes. «Ni que tuviera la peste», cuenta Marisela, cuya hija de 7 años lleva una semana «haciendo recortes» en casa de su abuela. Como la niña, escolares y universitarios de toda la república no acuden a sus aulas desde el pasado martes para evitar contagios. La onda expansiva que comenzó en el sistema educativo ha llegado a cines, teatros, museos, estadios de fútbol o de lucha, misas -el pasado domingo no hubo misas en el D.?F. por primera vez desde 1926-, bibliotecas, parques públicos: el bosque de Chapultepec, pulmón de la ciudad, también ha cerrado sus puertas. Solo el metro continúa abierto. «No hay peor virus que el miedo», comenta resignada Marisela, mientras piensa cómo va a entretener a su hija durante cinco días.