El desembarco de Catoira, cuya insignia, cuernos, pieles y espadas mediante, es el color morado oscuro, por razones obvias, ejerce una atracción irresistible en gentes de toda procedencia. Ayer pudo verse en medio del tumulto a Tonino Guitián, aquel virginal CQC, ataviado de blanco y con el número 7 de Raúl. Con semejante indumentaria, el hombre se llevó lo que andaba pidiendo, secuestrado por la horda vikinga.
Un punto de vista más sosegado es el que aporta Fil en Quatre, cuarteto de música tradicional de Normandía, patria de sonados desembarcos. Didier Ducastel toca la zanfoña e informa de que también en su país se juega a la rana, con sus fichas de hierro y su batracio boquiabierto. «Es el segundo año que venimos, no hemos visto nada igual y volveremos en el 2010 para celebrar el medio siglo», promete. Claro que nada como un alma de acero inolvidable para disfrutar este momento. «Xa non pido uns Manowar, pero si un Mago de Oz ou uns Mohinos, ho», le reza un veterano hevitrón a los dioses del metal. O al Concello de Catoira, que para el caso tiene más mando.