Miseria aquí y a 6.600 kilómetros

SOCIEDAD

La lucha de Juan Álvarez contra la pobreza empezó en Nicaragua y continúa por Angola. Pero dice que la mayor impresión se la llevó en un barrio marginal de Madrid

10 abr 2008 . Actualizado a las 14:25 h.

La frase que Médicos del Mundo lleva en sus campañas tiene mucho de principio universal: «Combatimos todas las enfermedades, incluida la injusticia». Esa declaración de intenciones mueve a gente como Juan Álvarez Rodríguez, treintañero, educador social y cooperante de esa ONG como logista en el terreno. No todos son galenos porque detrás de cada vacuna hay un ingente trabajo hasta que llega, se distribuye, se contabilizan los gastos, se organiza el personal... Es uno de los siete miembros que esa organización social tiene en Benguela, en la costa de Angola, a 6.600 kilómetros de su Lugo natal, la ciudad que acaba de abandonar tras un paréntesis de una semana y vuelta a África. «Tenía que renovar el visado y te obligan a regresar a tu país, son como unas pequeñas vacaciones», dice con un ligero toque de humor.

Lleva ya tres meses en la zona. Antes estuvo con otras organizaciones en Nicaragua y en Mozambique. En el país centroamericano se inició en la solidaridad, hace casi diez años, en 1999. Se fue con Axunica, una pequeña ONG lucense. Allí pasó un año en trabajos de ayuda al desarrollo. «Fue una experiencia muy bonita, diría que casi lo tengo idealizado, aprendí muchas cosas». A su regreso supo que seguiría ligado de alguna manera a la ayuda, con la idea de volver a ser un expatriado -término que utilizan las organizaciones para definir a sus voluntarios o cooperantes en el exterior-, aunque tardó en repetir. «Le había cogido el gustillo», explica gráficamente. Y se fue a Mozambique. «Pasé muy buenos momentos allí, siento que he dejado como una familia».

En el intermedio que va de Nicaragua a Mozambique hubo experiencias laborales que le dejaron huella. Y va hilando todos los lugares cuando se le pregunta qué es lo que le ha impresionado en África: «Pues que la gente es seropositiva, que ves a una viuda empobrecida, que ves miseria... Pero te cuentan sus planes, piensan en el futuro, y cuando estuve en Las Barranquillas [barrio marginal a las afueras de Madrid] te podría decir que el impacto fue mucho mayor por la desidia, por la miseria humana, porque no ves ganas de vivir».

Aunque ello no quita que a diario vea situaciones extremas: «Cuando llevas un tiempo te da la sensación de que te vas acostumbrado a esa pobreza, sin sentir una pena a diario, pero luego viene un golpe, ves cómo alguien se muere, alguien próximo, conocidos, que no da tiempo a llevarles al hospital...». El sida es la gran culpable de esa situación. En su anterior destino, en Mozambique, hasta un 25% -según cálculos oficiales, a la baja- de la población es seropositiva.

En su destino dice que el ajetreo de todos los días no permite que te acomodes. «Y eso, acomodarte, meterte en la cotidianidad, era algo que yo no quería», dice cuando recuerda cómo dio el paso para irse de una de las diez potencias económicas mundiales a una región que ocupa la posición 160 en el índice de desarrollo humano de la ONU, con una esperanza de vida que no llega a los 40 años. «Claro que compensa, si no no seguiría en esto».