Las seis caras de las fuentes de energía: pros y contras

Por Juan Gómez-Jurado

SANTIAGO

El desastre que amenazó a Fukushima ha despertado el debate sobre la seguridad de las nucleares. Pero todas las fuentes de energía tienen ventajas e inconvenientes y el consumo sigue aumentando

27 mar 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Décadas de películas de catástrofes nos han acostumbrado tanto a tragedias como el reciente terremoto de Japón que es raro que quede ya alguien a quien le puedan impresionar las imágenes que han ido apareciendo en los telediarios durante las últimas semanas. Y, sin embargo, una sola palabra es capaz de removernos de nuestros asientos y hacer que nos agitemos incómodos: radiactividad.

El desastre nuclear que ha estado a punto de producirse en Fukushima, por suerte paliado en última instancia, es lo que realmente ha disparado el interés informativo de la catástrofe japonesa.

En todas partes del globo, muy especialmente en los países aledaños a Japón, los ciudadanos han corrido a las farmacias en busca de pastillas de yodo. Incluso en China se han agotado las existencias de sal marina, por su elevado índice en dicho mineral, que puede ayudar a prevenir una contaminación radiactiva. Las mismas películas que nos han hecho insensibles al dolor ajeno también nos han hecho hiperconscientes al peligro propio. Conocemos, o al menos creemos conocer muy bien, los peligros de la radiactividad para nuestro organismo. Todo ello ha convertido la energía nuclear en una alternativa extremadamente impopular. En Alemania, Ángela Merkel afirmó hace unos días que cuanto antes abandonase el país dicha fuente de energía, mejor.

Por desgracia, y a pesar de que las nuevas tecnologías han traído una mejora del aprovechamiento energético, los hábitos sociales no han acompañado. Como resultado, cada década el consumo de energía por ciudadano de la Unión Europea se eleva en un 10%, lo cual sumado al inevitable aumento demográfico ha llevado al límite nuestras capacidades.

Hoy, más que nunca, tenemos que hacer una profunda reflexión sobre qué fuentes de energía debe usar este país durante el presente siglo, y comenzar a desarrollar las tecnologías que lleven a ellas. El camino de la eficiencia y el ahorro energético, a pesar de ser necesario, tiene un límite, y a pesar de que vemos este límite en un futuro inmediato, nuestros líderes no están haciendo gran cosa para caminar en la dirección correcta.

Greenpeace presentó en el 2010 un informe en el que sostenía que la eliminación del consumo superfluo sumada a la sustitución de las centrales nucleares supondría en diez años una reducción del coste en un 30%, y queda demostrado a su juicio que a día de hoy es posible técnica y económicamente el cambio de paradigma.

En España nos hemos confiado excesivamente en los últimos años a la energía nuclear, que supone el 21% de nuestro consumo. Acudimos a ella para no vernos abocados a opciones más sucias e ineficientes, como es el caso del carbón.

El carbón de China

En China, donde se construyen más de una docena de centrales de carbón al año para cubrir el crecimiento exponencial de la demanda en un país cada vez más industrial, no tienen reparo en lanzar millones de toneladas de CO2 a la atmósfera. Sin una base democrática ni una prensa libre, es algo que el Gobierno de la República Popular ignora deliberadamente, a pesar de las protestas internacionales. Un reportaje fotográfico de National Geographic realizado hace dos meses mostraba con toda claridad cómo el río Amarillo descendía cargado de tantos residuos industriales que la vida era imposible en sus aguas y en sus riberas, lo cual se hace extensivo no solo a la fauna, sino también a la población. Ese camino es el que se evitó en España cuando en 1965 se construyó la primera central nuclear en 1965.

Aunque ha quedado claro que la dependencia excesiva de los combustibles fósiles es algo que debe ser evitado a toda costa, más aún cuando estos son un recurso muy limitado, los esfuerzos que se realizan actualmente hacia otras formas de energía son elevados, pero sigue sin haber una alternativa sencilla a los problemas actuales, ni siquiera proyectando hacia el futuro las tecnologías existentes.

Ya sean las energías renovables como la solar, la eólica o la geotérmica o nuevos combustibles como el hidrógeno, todas ellas presentan pros y contras, como podrán comprobar en los comentarios que acompañan a las fotografías.

Energía nuclear de fusión

De todas las posibles energías de futuro, tal vez la más prometedora sea, irónicamente, la nuclear, pero no la de fisión, que es la que hoy en día conocemos y utilizamos, sino la de fusión. A menudo considerada como la fuente definitiva, grandes procesos se han realizado en su investigación en las casi seis décadas desde su descubrimiento.

El primer reactor experimental capaz de emplear la fusión como forma de energía será el ITER, que se espera entre en marcha antes de diez años. Será capaz de producir más de 500 megavatios de energía (ocho de ellas abastecerían a toda España). Además, los recursos que se consumirían para la operatividad de la planta serían el deuterio y el litio, que son prácticamente ilimitados en la superficie terrestre. Con la fusión además no se producirían emisiones a la atmósfera, ni tampoco serían necesarias las elevadísimas temperaturas que requiere la fisión nuclear. Además no se producirían los desechos radiactivos tan peligrosos para el ecosistema y las personas, y cuya eliminación sigue estando muy lejos de poder resolverse.

Los defensores de cada una de las formas de energía alternativas que a día de hoy pone la ciencia a nuestra disposición tienen que enfrentarse con una gran cantidad de obstáculos. El más importante es el egoísmo de las corporaciones petroleras, que han comprado indiscriminadamente todo tipo de patentes para generar nuevas energías en la esperanza de continuar con su monopolio mundial durante al menos otro medio siglo. Ese férreo control se hace extensivo a los bancos que poseen las petroleras y a los grupos políticos cuya deuda es cautiva de los bancos. Para más inri, las energías renovables suelen tener un coste tan elevado que su uso a escala del consumidor suele requerir fuertes subvenciones, como es el caso de los paneles solares. Y cuando es a nivel industrial, las concesiones necesarias para producir energía solar o eólica suelen estar rodeadas de amiguismos y corruptelas, como hemos visto recientemente en Galicia.

Pero no hay que fijarse únicamente en las manos negras, sino en la propia idiosincrasia de la investigación y desarrollo. Los políticos evitan el I+D en sus presupuestos, ya que esas semillas que se plantan para el futuro darán frutos bajo la legislatura de otro, quién sabe si del partido rival. Ese mismo egoísmo cortoplacista se arrastra en todos los ámbitos de la sociedad, incluyendo a los consumidores incapaces de apagar las luces de una habitación al abandonarla, aun siendo conscientes de que de continuar con el uso indiscriminado de los recursos energéticos al ritmo que lo hacemos actualmente nuestros nietos heredarán un mundo realmente terrible. Pero, claro, eso ya no será problema nuestro.