Pablo

Iván Gayoso Rodríguez

VIGO CIUDAD

28 ago 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Pablo tomó una decisión: preparar unas oposiciones. Si las aprobaba, aclararía su futuro y ampliaría la mente: salario fijo de por vida, descubrir un mundo nuevo y un horario perfecto.

La disciplina de Pablo fue encomiable: en tres años aprobó las oposiciones y viajó a Madrid para tomarse el mundo por montera.

Poco a poco se dio cuenta de que aquello no era lo que esperaba: su inútil esfuerzo no le ayudaba a incrementar su cuenta corriente y la camaradería con sus compañeros de piso no era como al principio.

Pablo cambió de opinión y ahora deseaba estar más cerca de los suyos. Tras siete años le comunicaron su nuevo destino: Vigo.

La decisión estaba tomada: Pero, ¿qué pasaría con María? ¿La llevaría con él o su relación sería solo un recuerdo? No hizo falta que decidiera: María no se movería de la capital, porque prefería el ajetreo y la modernidad de la urbe.

Un mundo nuevo apareció ante sus ojos tras su regreso: Ana ya no era aquella jovial e idealista joven. Casada con un joven médico del hospital, el pueblo se le quedaba pequeño. Pablo echó la vista hacia atrás y se preguntó porqué nunca se fijó en Esther, una anticuada y flacucha amiga de la pandilla. Con el tiempo había ganado en desparpajo y su vestuario sugería una insólita belleza.

También se enteró Pablo de que aquella chica de mirada honda, que veía siempre en el Fleming y nunca llegó a conocer, había cortado con su novio de toda la vida.

En cinco días seguiría la inercia que había tomado su vida y se casaría con Luis, un aburrido dependiente de una tienda de telefonía.

En el pasado, Pablo nunca pudo decirle lo mucho que le gustaba: ella tenía novio y él llevaba cuatro años con Ana. El mundo que Pablo había dejado antes de su partida a Madrid había cambiado: su padre estaba enfermo y ya no era aquel tipo despierto e integrador, su pandilla se había disgregado...

Aquella etapa había cerrado sus puertas para siempre.