La crisis, la intención de fumar menos veneno en cada cigarrillo y la aparición de máquinas que lían con facilidad disparan la venta del tabaco en picadura
24 oct 2009 . Actualizado a las 15:06 h.S e ha convertido en una silenciosa revolución forzada por el benceno, el amoníaco y las decenas de sustancias que se añaden a los cigarrillos y, no hay tampoco porque engañarse, por la imparable subida del tabaco, refugio clásico de las ambiciones recaudatorias de todos los políticos del mundo. El caso es que en torno al quince por ciento de los consumidores de tabaco en Galicia se han ido pasando en los últimos meses de los cigarrillos manufacturados al tabaco en picadura. Los últimos datos dados a conocer en agosto reflejaban que, en Galicia, el aumento en el consumo de tabaco de liar había crecido un 85%. Casi 75 toneladas, Prácticamente se ha duplicado en un año, aunque aún esté lejos de los 142 millones de cajetillas que se ventilaron en Galicia durante el mismo período.
«Yo fumo poco -expone un cliente de 58 años que sale del estanco con un paquete de tabaco en picadura-. Tres cigarrillos al día. Son los que fumaba antes de pasarme a este tabaco, así que no he cambiado por razones económicas. Lo hice porque estoy convencido de que este tabaco me perjudica menos». En realidad, si se realiza el ejercicio de preguntar por sus razones a unos cuantos consumidores de tabaco de liar, se encuentran muchas más respuestas relacionadas con el «libre de aditivos» que sirve de reclamo a varias de las nuevas marcas, que con el ahorro que supone hacerse uno mismo los cigarrillos. «A veces hay que explicarle a la gente que el contenido de este paquete es tabaco -explica una joven estanquera de Cambre-, porque muchos vienen pidiendo el tabaco ese que no hace daño».
María Jesús, otra clienta que sale del mismo estanco, tiene un discurso muy bien elaborado sobre su cambio de hábitos. Ha entrado a comprar un cartón de cilindros que le cuesta dos euros y con el que podrá rellenar doscientos cigarrillos: «Yo sufría unas migrañas terribles -explica-, hasta que el médico me recomendó que dejara de fumar. No lo conseguí, pero una amiga me sugirió que cambiara de marca, que probara con el tabaco sin aditivos. No he vuelto a sufrir migrañas».
María Jesús repasa algunos de los lugares comunes que suelen exponer estos nuevos fumadores de picadura. El primero, que se trata de un tabaco más satisfactorio de modo que, tras fumar un cigarrillo, pasa más tiempo hasta que sienten la pulsión de fumar otro: «Ahora fumo menos y nunca dejo cigarrillos hechos. Cuando quiero fumar me hago uno con la máquina si estoy en casa y, si estoy fuera, me aguanto. Creo que ahora, con un poco más de esfuerzo estaría ya en disposición de dejarlo del todo. Pero de momento no quiero».
El estacazo
Desde luego, la Administración no se ha mantenido ajena a este cambio de tendencia y ha aplicado una subida porcentualmente escandalosa a la picadura. «Pero da igual, cada vez se pasa más gente al tabaco de liar», confirma la estanquera de Cambre, resumiendo el punto de vista de otros profesionales consultados.
El estacazo gubernamental al tabaco de liar lo ha acercado al precio de la cajetilla tradicional. Un cigarrillo de la marca Winston cuesta hoy en el estanco 15 céntimos de euro. Uno de Pueblo sale por 11, más el cilindro, 12. La diferencia en el bolsillo ya no es tan significativa, pero el pecho que asimila 20 cigarrillos manufacturados al día difícilmente soporta la misma cantidad de tabaco de liar.
El perfil de los consumidores ha ido variando y elevándose en su edad media. De los jóvenes que empezaron a interesarse por la picadura debido sobre todo a motivos económicos, el abanico se ha abierto hacia todo tipo de consumidores que buscan menos veneno en los cigarrillos pese a que ello les enrede en la adquisición de papel, filtros, máquinas o cilindros rellenables. La revolución está en marcha.