Ni bacía de barbero ni yelmo de mambrino

PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS

OPINIÓN

ENTRE EL desencanto y la utopía está el posibilismo, esa resignada confluencia de tantas ilusiones colectivas. Dándose por segura una mayoría de síes, el interés radicaba en conocer qué porcentaje de ciudadanos acudirían, en un apacible respiro dominguero, a refrendar un tratado largo, confuso y en definitiva un gran desconocido. Y en qué medida fuesen movidos por la inercia de una obediente ciudadanía o por una mínima ilusión política activante de su voto. El resultado no ha estado mal. Más de un cuarenta por ciento de participación guarda sobradamente las formas democráticas y permite que el Gobierno salve la cara, dada la discutible necesidad de la convocatoria del referéndum. Mucho más si se tiene en cuenta que la campaña institucional ha sido mala, casi ofensiva en su pedagogía palurda de rostros de famosos y famosillos jaleando un texto por entregas. Y aún más si no se olvida que los partidos políticos, en su campaña, consiguieron confundir tanto las cosas que, al final, ya casi nadie sabía qué votar. Sin duda, las formaciones políticas tendrían que afinar más sus mensajes en este tipo de consultas, que no son cosa de programa ni han de ser pretexto para la lucha partidaria, sino expresión de los mecanismos de democracia directa. En estos casos, su papel tiene que ser más informativo y motivador que de discrepancia o enfrentamiento. Y la información completa y rigurosa no se ha proporcionado, salvo casi escasas excepciones. El porcentaje de «síes» ha sido relativamente brillante, aún sin avasallar a los discrepantes, dos millones largos de votantes. En la confusión manda el posibilismo conformista. Nos hubiese gustado más claridad y vibración, porque mayoritariamente queremos una justa y progresiva unión de este «bosque secular»que es Europa. Pero estos tiempos dan para lo que dan.