La primera plana de La Voz del domingo 5 de enero de 1936 informaba de un agravamiento del estado de salud de Valle-Inclán, que, efectivamente, fallecía a las dos de la tarde de aquel mismo día en el compostelano Sanatorio Villar Iglesias. Víctima de un coma urémico, fase terminal de un largo proceso maligno de vejiga, aquella víspera de la epifanía de hace tres cuartos de siglo dejaba de existir el más importante de los escritores nacidos en Galicia.
Don Ramón había regresado el 7 de marzo de 1935 a su tierra, por lo que pudo disfrutar de ella los diez últimos meses de su vida. Preguntado por los jóvenes que lo recibieron en la estación ferroviaria sobre dónde pensaba hospedarse, les dio una de sus respuestas: «C omo no tengo dinero, en el mejor hotel de la ciudad». Alojado en el Compostela, Valle se dedicó a escribir colaboraciones en prensa, dar paseos por la Herradura y a su tertulia en el Derby con personalidades y jóvenes escritores como Arturo Cuadrado, Maside y Seoane, Barros Pumariño o Andrés Díaz de Rábago, Cunqueiro y García-Sabell, sin dejar de trabajar en una posible novela, El trueno dorado.
En aquel entonces don Ramón era director de la Academia Española de Roma, puesto del que no será cesado a pesar de su larga ausencia; está en trámites de un divorcio que nunca llegará a firmarse y se barajan sus candidaturas a la Real Academia y al Premio Nobel, que no llegaron a buen puerto, cosa que poco le importaba.
A finales de abril será sometido a una operación quirúrgica y queda internado en el sanatorio Villar Iglesias con su hijo Carlos. Tras su mejora, en aquellos días de intensas vivencias viaja por toda Galicia, que prepara un gran homenaje popular e intelectual al autor de Divinas palabras. Un verdadero movimiento de solidaridad y cariño hacia el insigne escritor surge en toda la comunidad, que promueve la compra de un pazo señorial para que pase los últimos años de su vida y la celebración de un gran homenaje al que se suman todas las instituciones nacionales y regionales. Ánxel Fole justificaba la celebración de este tributo de admiración a Valle por su inmenso prestigio artístico, estableciendo una cruel comparación con Pérez Lugín: « ¡Unas cuántas páginas de egregia belleza nos compensan largamente de las 300 nauseabundas de La Casa de la Troy a!» .
Con humor, el último consejo a sus amigos fue este: « Si queréis ser felices, gastad un poco más de lo que ganéis» , antes de añadir « ¡cuánto tarda esto!» . En su lecho de muerte sus fieles amigos Castelao y Maside dibujan su rostro yacente mientras Asorey hace la mascarilla mortuoria. De los innumerables testimonios y necrológicas aparecidos aquellos días en prensa, citaré solo el emotivo mensaje del Partido Galeguista: «
Fai unhas poucas horas o esprito supremo da arte da palabra e da emoción estética de D. Ramón del Valle-Inclán vivía con nosco, partindo o noso pan e desfroitando da lediza de Galicia... Il que sempre levó na i-alma a beleza e a traxedia de Galiza ventando á morte, víuna acoller entre nós baixo os ceos invernizes de Compostela».