El público gallego saldará este verano otra deuda pendiente con la historia del rock. El 18 de julio, Patti Smith tocará en el Auditorio de Castrelos en Vigo, una oportunidad única para ver a una artista imprescindible
15 ene 2019 . Actualizado a las 13:05 h.Cuando Patti Smith asomó su cabeza en 1975 dentro del mundo rock este sufrió una sacudida inesperada. En una era en la que los hombres jugaban a ser mujeres híper feminizadas con el glam y en el que el rock había alcanzado unas cotas de ampulosidad insostenibles por la vía progresiva, ella miraba al mundo serena desde la portada de Horses, su álbum de debut. Se trataba de una fotografía hecha por su amigo y ocasional amante Robert Mapplethorpe en la que la artista se colgaba la chaqueta a lo Frank Sinatra delante de un triángulo de sombras. La imagen, convertida hoy en todo un icono, transmitía una indescriptible mezcla de bohemia y austeridad que nada tenía que ver con los cánones que el rock había construido hasta la fecha.
Patti, mujer solista, se apartaba del concepto de la fémina atractiva típica de la era pop, siempre colocada en la escena para el deleite masculino. Al contrario, ella capturaba por su misterio desgarbado, su elegante rudeza y esa fragilidad andrógina de la que se ha escrito tanto. En los surcos del disco, todo ello se acrecentaba. Horses presentaba un tratado de rock tenso, lleno de subidas y bajadas, con arrebatos enfurecidos y momentos de un lirismo exacerbado. Todo envuelto en un halo literario, pero sin perder un ápice de la autenticidad que se podía encontrar en los discos de The Velvet Underground o los Rolling Stones. De hecho, John Cale, miembro de los primeros, ejercía de productor. Keith Richards, guitarrista de los segundos, aparecía estampado en la camiseta de la artista en fotografías de la época. Y, bueno, los versos de Arthur Rimbaud siempre estuvieron en la trastienda.
Sí, el caso de Patti Smith es como el de Bob Dylan: la de una fuerza bruta que encontró en el rock and roll un canal de salida, pero que trasciende totalmente a este. Al igual que Dylan, también ella dibujó al final de su adolescencia un destino que la llevaría a Nueva York. Nacida en 1943 en Chicago, dentro una familia totalmente polarizada en lo religioso (madre testigo de Jehová y padre ateo) se mudó con esta a Nueva Jersey en 1955. Ese era el año en el que Bill Halley pulsaba el botón de inicio de la revolución rocanrolera con el celebérrimo Rock Around The Clock. Ella, sin embargo, buscaba respuestas a sus preguntas en otras fuentes y el Iluminaciones de Arthur Rimbaud le abrió un camino de no retorno. Allí descubrió una belleza pecaminosa, decadente y al margen de la ley que impregnaría su obra.
En 1966 se quedó embarazada. No se lo pensó dos veces y decidió dar el niño en adopción. Tres días después tomó un tren con dirección a Nueva York. Y no volvió. Allí, se instaló en el mítico Chelsea Hotel con Mapplethorpe, filtreó con un adultero Sam Shepard que entonces estaba casado y se veía a escondidas con Patti. Todo mientras se dedicaba a los recitales poéticos de un modo muy especial e innovador para la época. Quiso acompañamiento y se lo dio el guitarrista Lenny Kaye, que tejía mantos eléctricos para sus versos. Entonces la poesía se convirtió en rock y esa fuerza bruta que se citaba anteriormente se expandió por ese Bowery contracultural lleno de pintadas, jeringuillas y sexo sin miedo al VIH. Ese estallido de creatividad subterránea que todavía estaba lejos de terminar ocupando una aséptica sala del MoMA.