Dillinger, ¿una estrella o un criminal?

CULTURA

14 ago 2009 . Actualizado a las 12:12 h.

Michael Mann siempre entendió a Dillinger como «una estrella de rock de su época». Sin duda John Herbert Dillinger (1903-1934), de nombre artístico John Dillinger, fue un tipo fascinado con la repercusión que tenían sus hazañas en la prensa y el cine de la época, hasta convertirse con el tiempo en un icono de la cultura norteamericana del siglo XX por poco que tuviera su vida de ejemplarizante. Aun con los numerosos atracos a bancos y asesinatos cometidos por sus varias bandas, la gente de los Estados Unidos de la Gran Depresión miraba con cierta simpatía cómo sableaba a los banqueros (causantes del crac económico) hasta convertirse en una mezcla de Robin Hood y de gánster al mejor estilo Hollywood.

Fue en marzo de 1934 cuando la vida de Dillinger dio un giro a peor al poner en su búsqueda al FBI por haber violado una ley federal al cruzar al estado de Illinois a bordo de un flamante Ford robado a la sheriff de Crown Point (Indiana). Ya por entonces mantenía relaciones con la mujer de su vida, Billie Frechette. A partir de ese momento tendría al agente Melvin Purvis y a sus hombres tras su pista. Durante el verano de 1934 vivió bajo otra identidad en Chicago. Finalmente, fue localizado por Purvis, que lo aguardó con sus hombres a la salida del Biograph Theatre a donde había acudido a ver a Clark Gable en Enemigo público número 1 (Manhattan Melodrama), realizada por W.S. van Dyke en ese mismo año y que curiosamente era un filme de gánsteres. El resultado fue un tiroteo. Tres balas impactaron en el cuerpo de Dillinger. Desaparecía el gánster y nacía la leyenda.

Mann, de Chicago, tenía una especie de ligazón sentimental con la figura de John Dillinger ya desde niño. Como con otros bandidos en los que Mann fijó su atención aunque nunca llegaran a cristalizar como guiones. Fue hacia comienzos de los noventa cuando leyó en la revista Vanity Fair un extracto del libro Enemigos públicos de Bryan Burrough y se dispuso a comprar sus derechos. A partir de entonces, mientras asumía como director otros proyectos, trabajó pacientemente en llevar adelante la película con un presupuesto global de 100 millones de dólares (promoción incluida) y logrando reunir en la cabeza del cartel a dos de las figuras más rentables del Hollywood actual: Johnny Depp, para vestirlo de Dillinger, y Christian Bale para el papel de Purvis, mientras el papel de Billie Brechette quedaba para la francesa Marion Cotillard.

Llevado por su perfeccionismo, Mann quería rodar en la propia Chicago y en los sitios por los que se había paseado Dillinger, tanto en la ciudad como en los lugares por los que transcurrieron sus intensas correrías de poco más de un año, entre la primavera de 1933 y el verano del año siguiente. Lo consiguió en buena parte gracias al impecable diseño de producción de Natham Crowley. La película responde al mejor estilo de Mann. Una impresionante caligrafía visual (con fotografía de su fiel Dante Spinotti tomada con cámara digital) que logra hacer de la cámara una protagonista más pero sin interferir en la trama y un tono aparentemente distante, como queriendo alejar al espectador de los hechos, para finalmente llevarlo por el camino de las emociones. Sin duda otra obra maestra que añadir al espléndido currículo de Michael Mann.