El calor ha sido retratado en el cine de dos maneras. En la primera, como inductor de la felicidad. En la segunda, como instigador de la tragedia. Hay un umbral término que separa ambas situaciones, una frontera a partir de la cual solo cabe esperar cosas terribles de la temperatura. Dentro del primer grupo, podríamos nombrar Verano del 42, con la luz desahogada de Massachusetts y una calidez dorada en la que quieres quedarte a vivir. El viaje del adolescente que se enamora de Jennifer O´Neil es el que muchos emprendimos en un verano-patrón en el que la vida avanzó dando un bote, de manera que saliste de junio siendo una chavalita y entraste en septiembre convertida en toda una señora. Algo similar le ocurría al jovencísimo Thimothé Chalamet de Call me by your name. Hay muchas más películas en las que el calor tórrido desata el caos. En las buenas, te llega hasta el asiento el agobio, la asfixia, la dificultad para respirar. En ese clásico generacional que fue Fuego en el cuerpo, los sudores de la despampanante Kathleen Turner siempre vivirán con nosotras y son imprescindibles para manipular al cándido William Hurt. Hay una lista enorme de películas maravillosas impregnadas de esa quemazón que siempre es ambiental y emocional. La gata sobre el tejado de zinc, Un día de furia, El cartero siempre llama dos veces, Perros de paja, Seven, Mad Max o La caza, de Saura. Con solo nombrarlas experimentas el agobio de sus protagonistas y su perturbación.
Hay en todos estos filmes y en muchos más un presagio del mundo que nos espera. Superada, a principios de julio, la segunda ola del calor del año y convencidos todos de que enseguida nos afligirá la tercera, podemos identificar en esos actores y en esas películas algunas de las cosas que nos van a pasar. La primera es un mal humor colectivo que es el de Michael Douglas antes de empezar a tiros en el Burger King de Un día de furia. A este mundo recalentado le esperan grandes cambios. Hay quien sostiene que Roma cayó por el calor.