La revolución rosa de la semana tiene los nombres de Aitana Sánchez Gijón y Maxi Iglesias y tiene fascinados a medios serios, ligeros y vacíos. Hay una sola circunstancia que explica ese interés que aventura tardes de estrés para sus protagonistas. Los dos comparten profesión, han trabajado juntos en una serie de éxito y forman parte del mismo ecosistema social y profesional como los fontaneros o los registradores de la propiedad. La contingencia por la que han desatado la locura tiene que ver con sus respectivas fechas de nacimiento, ella 1968, 1991, él. O sea, 23 años de diferencia a favor de la muchacha.
Tienen razón los sorprendidos, los admirados, los fascinados, incluso los indignados que, flipemos juntas, hermanas, también se han manifestado en estas horas de pascua. Tienen razón porque la circunstancia es extraordinaria y como tal cumple el requisito imprescindible de lo que es noticia (o lo cumplía, que una ya no sabe). Porque una pareja con una diferencia de edad de 23 años a favor de la mujer sigue siendo una rareza, una extravagancia, un atrevimiento, una osadía, un unicornio blanco.
La hostilidad climática contra una combinación así es tal que en Francia algunos han intentado digerir los años que Brigitte Macron le lleva a su marido convirtiéndola a ella en hombre, como si en las mentes australopitecus que han salido del armario ciscándolo todo fuese más digerible una relación homosexual que una hetero con ese reparto cronológico.
A Sánchez Gijón y a Iglesias les espera ahora un pequeño infierno. Para muchas, ella devendrá en la diosa de una nueva religión, en la adelantada de una estirpe, en la diva que muchas han querido ser antes de percibir una de esas miradas de «¡pero a dónde vas!». A él no le espera un trance mejor, designado el primero de un nuevo estadio evolutivo liberado al fin de todas las trazas que siglos de educación en el privilegio han dejado en la práctica totalidad de los señores.
Estoy segura de que ninguno de los dos querría apechugar con semejante bulto. Porque lo más probable es que, cuando los pillaron, solo eran dos personas besándose por las calles de Madrid.